Artículo publicado en la revista Alcor nº 18.
Joaquín Fernández fue laico consagrado del Instituto Secular Stabat Mater, y ha pasó muchos años en Perú como misionero. Su gran amor a la Virgen le convirtió en un extraordinario propagador de la devoción al Rosario. Cuando regresó a España, inició una impresionante tarea en los institutos públicos de Madrid, donde ha repartió más de catorce mil rosarios, aunque su labor fue mucho más allá. Él mismo nos lo relató.
El inicio de la misión
Un día que pasaba delante de un instituto público, situado en la parte céntrica de Madrid, me encontré con un grupo de estudiantes de 16 y 17 años que estaban en la calle. Picado por la curiosidad, me acerqué a ellos y les pregunté: «¿No hay clases?». Me dijeron que estaban en la hora del recreo, que todos los días tienen de once a once y media, y que a los de primero y segundo de bachiller les dejan salir a la calle durante ese tiempo.

La mayoría de los alumnos no sólo me aceptaban el Rosario, sino que lo recibían con cariño.
Pensé que quizá esto podía ser una oportunidad para hacer apostolado y conectar con los jóvenes de esos dos cursos, muchos de los cuales apenas conocen nada de la doctrina cristiana. Como en la ESO y 1º de Bachiller la asignatura de Religión es libre y voluntaria, suelen ser muy pocos los que la eligen, teniendo además en cuenta que las clases de Religión suelen ponerlas a primera o última hora de la mañana.
El recreo
En esas horas de recreo los alumnos salen a comerse el bocadillo o a fumarse un cigarrillo, y lo hacen en corrillos para conversar entre ellos. Entonces pensé aprovechar esos momentos para abordarles con algo que fuese útil para ellos, y se me ocurrió que podría regalarles el santo rosario. De esa forma podría entablar conversación con algunos y hablarles de Dios.
Les entregaría con el rosario un pequeño folleto en que se explica cómo rezarlo, con las oraciones correspondientes, y además un pequeño recuerdo de lo más importante de la Religión Católica: los mandamientos, los sacramentos, un examen para la confesión, oraciones de la mañana y de la noche, el Ángelus y algunas otras oraciones.
María ha entrado de alguna manera en la vida de ese joven.
Puse en marcha la idea y los primeros contactos fueron encantadores: la mayoría de los alumnos no sólo me lo aceptaban, sino que lo recibían con cariño: «¡Ay, qué bonito, qué bien está!». A continuación, muchos se lo ponían al cuello y entraban en el centro con él puesto.
De esta forma me di cuenta de otra ventaja que ha traído consigo: si el Crucifijo ha sido quitado de las aulas, entonces la Virgen se valió del Rosario para hacer presente de nuevo a su Hijo en los institutos, y que los alumnos recordasen lo más importante de la religión cristiana: que Jesucristo ha dado la vida por cada uno de nosotros para salvarnos.
Dos años de labor

Durante estos dos años he recorrido todos los días, de lunes a viernes, todos los institutos de la Comunidad de Madrid para hablar con los jóvenes en las horas de recreo. A cada centro suelo ir un día. Las conversaciones que se han suscitado han sido siempre tremendamente interesantes, sobre temas religiosos de actualidad que ellos sacan a relucir y que yo trato de contestarles de forma breve y contundente, ya que sólo dispongo de media hora, y en ese tiempo suelo repartir todos los días unos 75 rosarios. Por eso trato de que el mensaje que les doy sea claro y fácil de memorizar.
Cuando voy al día siguiente, constato que muchos jóvenes siguen con el rosario puesto, colgado del cuello, sobre todo los chicos, y pienso: «María ha entrado de alguna manera en la vida de ese joven». Sé que leen el oracional por los comentarios que luego me hacen.
Por eso, pienso que la Virgen se está valiendo de ese medio para llegar al corazón de los jóvenes, y a través de ellos a sus familias. A ellos —la mayoría no van a la iglesia y muchos me dicen que no están bautizados— les viene muy bien que alguien les hable de Dios y que les plantee el sentido de sus vidas.
Como suelen hacer corros, los hay de los que se dicen ateos y de los que se sienten cristianos. Trato de hablar con todos los grupos y contestar a sus variadas preguntas.
Diálogo y testimonios
Alguno me dice: «¡Dios no existe!». Y yo les contesto: «Eso que dices va en contra de la razón, pues alguien tiene que haber hecho el mundo. En el Evangelio se dice que los limpios de corazón verán a Dios. Mira a ver si hay algo en tu corazón que te impida ver al Creador».
Otro me dice: «Yo creo en Dios, pero no en la Iglesia». Yo le respondo sonriendo: «Claro, es que Dios “no habla” y la Iglesia suele ser la que nos “canta las cuarenta”. Por otra parte, la Revelación alguien tenía que comunicárnosla, y por eso el Señor creó la Iglesia y además infalible, para que no nos confundamos ni perdamos el camino».

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Otro: «Si Dios es bueno, ¿por qué permite el hambre, la guerra, las injusticias…?». Mi respuesta: «Dios quiere que los hombres hagamos lo posible por evitar estos males, y de esa forma, nos da la oportunidad de ayudarnos los unos a los otros, que es el medio que utiliza para que crezcamos en el amor. Pero recuerda una cosa: Dios es amor, por tanto, no puede hacer ni permitir algo que sea contrario al amor; si nos ha creado, es porque nos ama y para nuestro bien, aunque no lo comprendamos a veces. A Dios tal vez no le podamos comprender muchas veces, pero siempre le podemos amar».
Un joven me cuestiona: «¿Dónde está Dios?». Yo le contesto: «Lo podemos encontrar en la naturaleza, en la Revelación, en la Tradición de la Iglesia… Pero sobre todo está en tu corazón y te habla continuamente a través de tu conciencia; acuérdate de que en el atardecer de la vida seremos examinados en el amor».
El sentido de la vida
«Yo estoy bautizado pero es porque mis padres lo hicieron sin contar conmigo…». Le contesto: «¿Tú crees que tus padres te van a hacer algo que sea malo para ti?».
«¿Y por qué el Rosario?». «El Rosario es un resumen del Evangelio y una forma sencilla de conocer la palabra de Dios a través de María. Pocas cosas habrá en el mundo, o ninguna, que tengan la dulzura de un avemaría bien rezada».
Un día fui a un centro a la hora del recreo y se me acercó un grupo de jóvenes que ya me conocían del día anterior. Me pidieron un rosario y les dije que en la mochila los llevaba. Cogieron cada uno su rosario y se fueron tan contentos.
Yo sé que muchos a quienes les doy el rosario no lo van a rezar, pero sí constato que a la mayoría les hace replantearse cómo está su trato con Dios y con la Virgen María. En fin, creo que el mayor bien de esta vida es encontrarse con Dios y llenar de sentido la vida. Bienaventurados los que aman a Dios, porque ellos serán amados de Él.






