En nuestro caminar diario, a menudo nos vemos rodeados de ruidos, prisas y una incertidumbre que parece mantenernos «en suspenso», tal como los judíos preguntaban a Jesús en el Templo de Jerusalén. Sin embargo, en medio del invierno de nuestras dudas, la voz del Señor resuena con una claridad que pacifica el alma: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen» (Jn 10, 27).
Un conocimiento que es Amor
Jesús no nos conoce como quien maneja una lista de nombres o datos. El conocimiento del Buen Pastor es un conocimiento de intimidad y de entrega. Cuando Él dice «yo las conozco», está diciendo «yo las amo». En la oración, el Señor se dirige hoy a cada uno de nosotros para recordarnos esta verdad fundamental: Él nos ama personalmente, nos llama por nuestro nombre y nos invita, sencillamente, a dejarnos amar por Él.
Nuestra identidad cristiana no nace de lo que nosotros hacemos por Dios, sino de la conciencia de ser conocidos y amados por Cristo.
Él dio su vida por sus ovejas en la Pasión y triunfó sobre la muerte para que nosotros pudiéramos caminar seguros.
La promesa de la seguridad eterna
Hay una frase en el Evangelio que debe ser nuestra roca en los momentos de dificultad: «Nadie las arrebatará de mi mano».
Vivimos en un mundo donde todo parece efímero y frágil. Sin embargo, la mano de Cristo y la mano del Padre —que son una sola— nos sostienen con una omnipotencia que nada ni nadie puede quebrar. Dios, para quien nada hay imposible, nos promete su asistencia y su compañía constante. No estamos a merced del azar; estamos custodiados por el Amor.
TE PUEDE INTERESAR: EJERCICIOS ESPIRITUALES EN MADRID 2026
Cristo nos asegura la vida eterna. Al contemplar esta promesa, las cosas de este mundo —a veces tan rutilantes y atractivas— palidecen y se revelan como «pequeñeces efímeras». No vale la pena apostar la vida por lo que se desvanece, cuando tenemos reservado un cielo eterno para ser plenamente felices con Dios.
Una invitación a la confianza
La meditación de hoy es una llamada a la gratitud y a la paz. Si somos de Cristo, si escuchamos su voz y tratamos de seguirle, nuestra vida está a salvo.
Que este tiempo de Pascua nos ayude a dejarnos conquistar por este amor desbordante del Señor. No permitamos que el miedo o las preocupaciones nos arrebaten la alegría de saber que el Padre nos ha entregado a su Hijo, y ese regalo es «más que todas las cosas».
Oración final
Pidamos a la Virgen, bajo la advocación de Santa María de la Pascua, Reina y Madre nuestra, que interceda por nosotros. Que ella, que supo escuchar la voz de Dios como nadie, nos alcance la fe, la esperanza y el amor necesarios para caminar siempre de la mano del Resucitado hacia el cielo que nos tiene prometido.
Amén.






