Precisamente hoy, la Iglesia celebra la memoria de Santa María, Madre de la Iglesia. Aunque instituida de forma universal recientemente, esta festividad posee una profunda raigambre y un sentido teológico trascendental: si en Pentecostés celebramos el nacimiento de la Iglesia por la fuerza del Espíritu, al día siguiente la liturgia nos vuelve la mirada de forma natural hacia la Virgen María.
En el momento en que la Iglesia se pone en camino en medio de las dificultades del mundo, allí emerge la misión de la Virgen como Madre del Cuerpo Místico y, por lo tanto, como Madre nuestra.
El testamento de la Cruz: Tres dones inestimables
El Evangelio de esta festividad nos conduce directamente al misterio del Gólgota, al pie de la Cruz del Señor. Es allí donde se revelan los tres dones definitivos que Cristo entrega a la humanidad en su último suspiro y que definen la maternidad espiritual de María:
- El don de la Madre: Al ver a su Madre y junto a ella al discípulo al que amaba, Jesús dice: «Mujer, ahí tienes a tu hijo», y al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». En San Juan, el Señor nos está entregando a María como refugio y guía perpetua.
- El don de su Sed: El texto sagrado recoge inmediatamente después el clamor de Cristo: «Tengo sed». Una sed divina que no es física, sino sed de almas, sed de amar, sed de encontrar corazones dispuestos a recibir la infinitud de sus gracias.
- El don del Espíritu: Finalmente, inclinando la cabeza, el Señor «entregó el espíritu». Nos hace partícipes de su propia vida divina, anticipando el derramamiento que se manifestaría plenamente en el Cenáculo.
Nuestra tarea hoy es ponderar, acoger y hacer profundamente nuestros estos tres legados que brotan del costado abierto de Jesús.
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Acoger a María y prolongar Pentecostés
Recibir a María como Madre significa hacerlo gozosamente: permanecer junto a ella.
Tomarla en nuestra propia casa espiritual y confiarle sin reservas nuestras preocupaciones y deseos más íntimos, dejando que nos cuide con su ternura inmaculada.
Pero esta fiesta nos ensancha el horizonte: nos invita a encomendar también a la Iglesia Universal a su poderosa intercesión, pidiéndole que custodie y unifique a esta Iglesia en su riquísima diversidad de espiritualidades y sensibilidades.
Acoger a la Madre es también acoger al Espíritu. Al celebrar esta memoria, prolongamos Pentecostés abriendo las puertas del corazón para que el Espíritu del Señor nos inunde y nos colme con sus siete dones. Hoy es un día propicio para volver a desgranar y rezar serenamente la Secuencia de Pentecostés, dejando que sus versos transformen nuestro interior.
Una Iglesia impulsada por la sed del Señor
Abrazados por la mediación de María y fortalecidos por la acción del Espíritu Santo, estamos llamados a hacer nuestra la sed del Señor. Al mirar a nuestro alrededor, descubrimos un mundo profundamente sediento: sediento de sentido, sediento de verdad, sediento de Dios. Poner esta sed contemporánea en nuestra oración es el primer paso para transformarla en acción apostólica.
Como Iglesia naciente de Pentecostés, y bajo el amparo de Santa María, Madre de la Iglesia, debemos dejarnos impulsar para salir de nuestros cenáculos y llevar a Jesucristo a todos los rincones de la tierra. Acoger al Espíritu Santo, hacer nuestra la sed de almas del Señor y dejarnos abrazar en el Corazón Inmaculado de María: esa es nuestra vocación y nuestro camino hoy.






