El desafío del verano en un mundo paganizado
El estío se despliega ante el hombre contemporáneo como un espejismo de libertad que, con frecuencia, no es sino un desierto de distracción. En medio de una cultura crecientemente paganizada, donde el ocio se transmuta en un paréntesis de la fe y un olvido sistemático de lo trascendente, surge con fuerza la llamada a la milicia espiritual.
Como advertía el venerable Pío XII, los bautizados estamos convocados a ser “testigos vivientes de lo eterno” en un mundo que agoniza por la falta de sentido.
El verano no debe ser un escape de la realidad divina, sino una transfiguración de nuestras horas. El secreto de la Escuela de Santidad radica en aprender a descansar con Dios y no de Dios. Es el tiempo de apagar el estrépito del mundo para entrar en el oasis de la presencia, transformando las vacaciones en una palestra de energía moral donde el alma, sedienta de infinito, encuentre su verdadera fuente.
El “veraneo de la Virgen”: descanso en la presencia divina
Para el cristiano, el descanso no es inactividad estéril, sino el “Veraneo de la Virgen”.
María, arquetipo divino del Adviento y Mujer del silencio y de la escucha, nos enseña que el reposo es una forma de espera activa. Ella es el modelo de quien contempla la creación para descubrir en cada brizna de belleza la huella del Amado.
San Juan de la Cruz nos exhortaba a que el alma se ejercite sin descanso en el “ejercicio de amar”. El verano, despojado de las urgencias del reloj, es el escenario propicio para que el espíritu se despoje de la herrumbre del activismo. El P. Eduardo Laforet, joven seminarista que supo elevarse sobre las miserias humanas, utilizaba una imagen vibrante: “volar alto”.
Para alcanzar las cumbres del espíritu, es imperativo “perder lastre”, soltando los egoísmos y aficiones desordenadas. En la quietud del estío, el alma debe llegar a esa certeza inmarcesible que sostuvo a Laforet en su combate: «DIOS ES, eso basta».
Las dos columnas de don Bosco: el ancla del cristiano
En medio de las tormentas de tibieza que suelen azotar los meses de vacaciones, la visión de las “dos columnas” de San Juan Bosco —la Eucaristía y la Virgen María— constituye el anclaje inamovible para navegar con rumbo al Cielo.
La Eucaristía, pan de los fuertes
San Francisco de Sales definía la comunión como el “pan de los fuertes”. En verano, cuando el ambiente invita a la relajación de la voluntad, la Santa Misa diaria es el arma principal. No es solo un rito; es la medicina que cura las llagas del pecado y previene las caídas. Es recibir al mismo Cristo para transformarse en Él, encontrando en el Sagrario la paz que el mundo, con su falsa alegría, es incapaz de otorgar.
María, refugio y sanación del alma
La devoción mariana no es un sentimiento superficial, sino una fortaleza. El propio San Francisco de Sales, en su juventud, sufrió una crisis angustiante bajo el peso de la tentación de la desesperanza; solo la intercesión de María y el rezo del Acordaos (Memorare) le devolvieron la luz.
En verano, cuando la soledad o el ambiente pagano nos abruman, debemos recurrir a Ella. Eduardo Laforet se definía como un “militante de la Virgen”, un cruzado al servicio de la Señora. Siguiendo su ejemplo, el rezo del Santo Rosario nos permite mirar los misterios de la vida con los ojos de la Madre, purificando nuestra mirada de las vanidades terrenales.
La hora de los laicos: misión en el mundo temporal
Como proclamó Pablo VI, nos encontramos en “la hora de los laicos”. El bautismo no es una medalla pasiva, sino una responsabilidad de transformar el mundo desde dentro. El ocio, el turismo y los encuentros sociales no son zonas francas de la gracia, sino lugares de misión.
El laico es el puente entre el cielo y la tierra. El cristianismo, en palabras de Pablo VI, es una “palestra de energía moral” y una “escuela de autodominio”. Ser un Misionero del Amor en los lugares de veraneo implica actuar con una heroica coherencia: que nuestra alegría sea transparencia de la paz de Cristo y nuestra conducta un reproche silencioso al vicio. No estamos de vacaciones de nuestra identidad; somos alumnos de la disciplina de la Cruz en medio de la plaza pública.
Ascesis práctica para las vacaciones: reglas del misionero
Basándonos en las Reglas del Misionero de la + (Misionero de la Cruz) legadas por el P. Eduardo Laforet, proponemos este Código de Honor para vivir un verano en santidad:
- El ayuno de la queja: Un misionero de la + sabe descubrir el sufrimiento y transformarlo en oración. Ante el calor sofocante, las esperas en los aeropuertos o las incomodidades del viaje, el misionero no murmura. Eduardo Laforet, desde su cama de hospital —su Calvario personal donde murió crucificado por la leucemia—, pedía: «¡Señor!, dame fuerzas para no quejarme». Si él ofreció su vida por el Papa en medio del dolor agónico, nosotros podemos ofrecer un viaje incómodo por la salvación de las almas.
- La elección de lo menos gustoso: Siguiendo a San Juan de la Cruz, busca inclinarte no a lo más fácil, sino a lo más dificultoso; no a lo más sabroso, sino a lo desabrido. Elegir el lugar menos cómodo o la comida que menos nos agrada es un ejercicio de soberanía sobre la carne.
- La oración continua: Mantén la unión con Dios a través de jaculatorias breves. Repite en tu corazón: «Jesús, Hijo de Dios, ten compasión de mí» o «Jesús, es por tu amor y por la conversión de los pecadores». Que el murmullo del mar se convierta en un eco de tu oración.
- Apostolado de la palabra: No rehúyas el compromiso. Alivia el sufrimiento de quienes te rodean y enseña a otros a vivir sus cruces con sentido misionero.
- Cultivo de la amistad santa: Busca la compañía de quienes te ayuden a ser mejor. La amistad en verano debe ser un reflejo de la caridad fraterna, huyendo de las conversaciones vacías o hirientes.
No permitas que tu lámpara se apague en este estío.
Que este tiempo no sea un vacío, sino un “cielo robado”, un holocausto de amor donde cada pequeño detalle sea una ofrenda a la Santísima Trinidad. Eduardo Laforet nos enseñó que la santidad no es una meta lejana, sino una disposición del corazón que nos hace pequeños en los brazos de Dios y audaces en su confianza.






