Hoy la Iglesia en España, en comunión con otras naciones como México, se viste de fiesta para celebrar la Solemnidad de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Nos encontramos ante una jornada profundamente hermosa, dedicada por entero a dar gracias a Dios por el don inestimable del ministerio ordenado y a suplicar, con ardiente caridad, por la santificación de todos nuestros sacerdotes.
El origen de un sueño providencial
Aunque en la Iglesia Universal la intención de rezar por la santidad del clero coincide litúrgicamente con la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, la inmensa riqueza y los múltiples matices de ese día hacían que esta súplica quedara, de alguna manera, eclipsada. Fue en el corazón de un gran pastor madrileño, Don José María García de la Higuera —quien fuera obispo auxiliar de Madrid y cuyo proceso de beatificación se encuentra felizmente en marcha—, donde brotó el anhelo de una fiesta propia.

Don José María, un auténtico enamorado del sacerdocio, insistió con santa audacia ante la Santa Sede hasta obtener de Roma la aprobación de esta festividad con su propia liturgia, la cual él mismo compuso. Su amor por los sacerdotes fue tan fecundo que fundó también una congregación religiosa de vida contemplativa entregada en exclusiva a esta misión: las Oblatas de Cristo Sacerdote.
Al final de sus días, Don José María confesaba que le quedaba un último sueño por cumplir: que esta fiesta litúrgica se extendiera algún día a toda la Iglesia Universal. Hoy, desde la Iglesia de las Calatravas, hacemos nuestro su anhelo y pedimos al Señor que conceda pronto esa gracia a todo el pueblo de Dios.
Manos sacerdotales: Los canales de la Gracia en nuestra vida
Celebrar este día en nuestro templo es una invitación directa a la gratitud. Debemos ser conscientes de una verdad eclesial absoluta: sin los sacerdotes no existiría la Iglesia, ni tendríamos los sacramentos. Sin ellos, la gracia divina llegaría con mucha más dificultad y el mundo contaría con menos canales para recibir el amor de Dios.
Hoy es el día perfecto para repasar con el corazón nuestra propia historia espiritual y dar gracias por aquellos nombres y rostros concretos que han sido clave en nuestro camino de fe:
- El sacerdote que nos lavó con el agua del Bautismo y aquel que nos alimentó por primera vez con el Pan de la Eucaristía.
- Los pastores que nos han sostenido en los momentos más oscuros de la vida a través del consejo oportuno, o aquellos que nos han guiado pacientemente durante largos años en la dirección espiritual.
- Quienes bendijeron nuestro matrimonio, nos ungieron en la enfermedad o nos ayudaron a descubrir y abrazar la vocación concreta a la que Dios nos llamaba. Cuánto bien y cuántos regalos divinos han depositado sobre nosotros las manos consagradas.
Hombres débiles llamados a ser «Otros Cristos»
A pesar de la grandeza excelsa de su vocación —llamados a configurarse con el mismo Jesucristo para ser Alter Christus y fortalecer a sus hermanos en la lucha diaria—, los sacerdotes no dejan de ser seres humanos. Son hombres extraídos de entre nosotros, que recibieron el mismo Bautismo y que están sujetos a las mismas debilidades, pruebas y tentaciones que cualquier fiel.
Por esta razón, nuestros pastores necesitan imperiosamente de nuestra oración. Nos interesa a todos, como Cuerpo Místico, rezar por su fidelidad, porque la santidad de los pastores marca de manera decisiva la santidad del pueblo que tienen encomendado. Un sacerdote santo facilita y ensancha el camino para que toda la comunidad alcance la unión con Dios.
Unidos a María, Madre de los sacerdotes, pidamos hoy con el corazón: Señor, gracias por el don de tu sacerdocio; bendice a los pastores que sirven en esta Iglesia de las Calatravas y concédenos siempre, en toda la Iglesia, pastores santos según tu propio Corazón.
Amén.






