Este quinto fragmento forma parte de la obra «Forja de hombres», escrita por el Padre Tomás Morales Pérez, S.J. (fundador de los Institutos Seculares Cruzados de Santa María y Cruzadas de Santa María).
Las distintas reacciones que provocaría este clima de exigencia eran fáciles de prever. Unos, los mejores, se estimulaban más con las dificultades que debían vencer. Con sencillez, reconocían sus fallos —patrimonio común de todos los hombres— y trataban de superarse.
Sabían que el hombre que triunfa no es el que nunca sufre derrotas, sino el que siempre está en actitud de ataque.
Otros, en cambio, traicionados por la dejadez o el orgullo, volvían grupas diciendo: «Esto no es para mí», y retornaban a su vida mediocre.
Juan Pablo II en este sentido es terminante: «No hemos de tener miedo a exigir mucho a los jóvenes. Puede ser que alguno se marche ‘entristecido’ cuando le parezca que no es capaz de hacer frente a alguna de estas exigencias; a pesar de todo, una tal tristeza puede ser también ‘salvífica’. A veces los jóvenes tienen que abrirse camino a través de tales tristezas salvíficas para llegar gradualmente a la verdad y a la alegría que la verdad lleva consigo. Por lo demás, los jóvenes saben que el verdadero bien no puede ser ‘fácil’ sino que debe ‘costar’. Ellos poseen una especie de sano instinto cuando de valores se trata».
El ideal vivido por otros hombres
Al regreso de un campamento me escribía un universitario de veinte años: «Ayer mismo llegué a casa de vuelta de Gredos. Ha sido lo que yo esperaba, sin saberlo, desde hacía años. Por eso me ha entusiasmado. La exigencia y el contacto con la naturaleza hace mucho, pero también ayuda muchísimo ver el ideal vivido por otros hombres. Me ha dado el campamento además una unión más íntima con la Virgen. Ella me va a guiar en el perfeccionamiento continuo y en la labor diaria de apóstol que pretendo ser».
Albergue femenino en el Pirineo. Conviven universitarias y trabajadoras. A una de la Facultad de Letras —19 años— se la hace responsable.
TE PUEDE INTERESAR: CONOCE EN PROFUNDIDAD AL PADRE TOMÁS MORALES
Al frente de una patrulla tiene que preocuparse de sus cuatro compañeras. Al acabar el Albergue me escribe agradecida: «Me han hecho el mayor beneficio de mi vida. Tenía que vivir todo el día para las demás. He sido feliz como nunca en mi vida. Me sentía completa como jamás. ¡Qué alegría me daba exigirme a mí misma! ¡Me salía tan de dentro! Cada vez que lo hacía me sentía más parecida a la Virgen. No me hubiera exigido ni la mitad de no haber sido yo la responsable. Tenía que ser la primera en todo».
No podían faltar, como sucede siempre que se actúa con grandes masas humanas, quienes ni siquiera tenían el valor y decisión de marcharse, sino que se quedaban dentro echando al sistema la culpa de sus propios fallos.
Es un procedimiento muy humano y muy español: encubrir las propias deficiencias y disculparse del esfuerzo de lucha que exige el tratar de superarlas. Con colgar el sambenito al que manda: padre, jefe, empresa, Gobierno, etc., lo arreglamos todo y nos quedamos tranquilos, que es de lo que se trata.
No olvidemos que uno de los síntomas de la época es rehuir el esfuerzo, y como otro es quedar siempre bien, la solución comodísima es cargarle a otro el mochuelo.
No somos buenos por naturaleza
Vivimos en ambiente roussoniano. Somos buenos por naturaleza. Es la sociedad quien nos pervierte. La sociedad es la responsable de nuestros errores y culpas. Es una tendencia innata en la psicología del hombre: cargar a los demás con nuestros yerros.
Como este procedimiento es mucho más agradable, algunos empezaron a circular por ese camino fácil intentando desviar al Hogar de su ruta. Se inicia ya desde el alborear del movimiento la lucha contra las concupiscencias por parte de los que permanecen dentro.
Emprender con paciencia invicta la reforma del propio carácter, eliminando defectos, encauzando la fuerza de las pasiones y potenciando virtudes, es demasiado aburrido y monótono. Vamos a entretenernos con fáciles discusiones acerca de lo que se debería hacer y así, entre tanto, rehuimos el esfuerzo de hacer algo. ¡Vengan reuniones y más reuniones! Prolonguemos las discusiones divagando a placer para disimular nuestras ganas de no esforzarnos y quedar bien.
TE PUEDE INTERESAR: ¿QUÉ ES LA MÍSTICA DE EXIGENCIA?
La «verborrea» aguda, síntoma infalible de «vaguitis» —recuérdense algunas consideraciones de Balmes en El Criterio—, es enfermedad crónica en países latinos. Y así, con escarceos femeninos que huyen del esfuerzo franco y directo, que siempre persiguen caer en gracia y agradar, se boicotea un sistema de educación exigente, implantando otro más suave, para no tener que pasar, ante uno mismo y ante los demás, el bochorno de no ser capaz de superarse, de salir de la medianía, raíz —como ha dicho alguien— de los siete pecados capitales y de todos los demás.
Un grupo de disidentes dentro del Hogar comprendió enseguida que nada lograría si no contagiaba a algunos eclesiásticos. Como entonces no los había en el Hogar, se buscaban fuera de él, a fin de lograr que, con fuertes presiones o simples consejos, se torciese el rumbo de un movimiento que nacía plenamente adaptado a las necesidades «gigantescas» de la época presente para hacer frente a «ese asalto total de las fuerzas del mal», y que exigía, por tanto, cristianos de nuevo cuño.
Cristianos que capten la consigna de Pablo VI: «Los tiempos son graves, decisivos. Es preciso trabajar hoy, porque mañana sería tarde».






