Este cuarto fragmento forma parte de la obra «Forja de hombres», escrita por el Padre Tomás Morales Pérez, S.J. (fundador de los Institutos Seculares Cruzados de Santa María y Cruzadas de Santa María).
Los círculos de estudio sembraron en animada discusión, durante tres años (1946‑1949), las ideas rectoras del movimiento que marcarían la ruta al Hogar naciente.
Los hombres que en ellos, a una con los Ejercicios y marchas se formaron, no tendrían que hacer otra cosa con los nuevos militantes que imbuirles la misma mística de esos años iniciales. Aquellos años fueron decisivos, no sólo porque marcaron la trayectoria del Hogar durante un decenio, 1950‑60, sino también porque a la mística que los definió habría que recurrir para encauzar la peligrosa desviación iniciada el último de esos años.
El espíritu del Hogar se mantuvo intacto
Un militante de los tiempos más difíciles y decisivos del Hogar (1946‑1954), después de unos años de ausencia, retorna y visita al núcleo que lo había abandonado en 1960 para formar un Instituto Secular naciente. Tenía razón al afirmar que el espíritu auténtico y genuino del Hogar, que él y tantos forjaron con su sacrificio de largos años, se había mantenido en los miembros de ese Instituto.
Aquellos círculos de estudio fueron el origen de las asambleas sembradoras de criterios, de las charlas a botones iniciadas por militantes en las empresas, de charlas anuales de actualidad. Algunos de los asistentes aplicaban el sistema a las reuniones que tenían en la asociación apostólica a que pertenecían.
TE PUEDE INTERESAR: CONOCE MÁS AL PADRE TOMÁS MORALES
Lo original de aquellos círculos era no sólo la valentía y sinceridad con que bullían las ideas, sino el sistema ideado para llevarlos, muy en contacto con las realidades cotidianas. Con ello se conseguía mantener el espíritu tenso toda la semana, en observación continua, para poder aportar al círculo siguiente nuevos datos que sirviesen de base para iluminar las ideas.
Eran una encuesta extendida a lo largo de siete días, pero una encuesta encendida en anhelos de conquista que atraía al círculo siguiente nuevos elementos.
Se hablaba de la mujer, el amor, el matrimonio, relaciones entre ellos y ellas, educación, hijos, si España era o no católica, etc.
Y a propósito de todo esto, centelleaban unas cuantas ideas luminosas: cumplimiento del deber, sentido de la responsabilidad, fortaleza de carácter, entrega generosa a los demás. Al principio, en plan exclusivamente humano. Al final, la idea trascendental de Dios aparecía para iluminar el conjunto. Y todo encaminado a despertar y mantener una ilusión permanente de la conquista en la familia, en el barrio, en la empresa.
“Hay que volver al cristianismo de los orígenes”
En uno de estos círculos se comenta la vida de los primeros cristianos. “Hay que volver al cristianismo de los orígenes”, había dicho Pío XII. Se buscan las causas de la enorme pujanza conquistadora de aquellos hombres. Es su fe radical llevada hasta las últimas consecuencias. Fe alimentada por el constante y profundo conocimiento de Cristo a través de las Sagradas Escrituras.
Se leen algunas Actas de los mártires con frases como esta de Santa Irene: «Los teníamos en casa —los escritos del Nuevo Testamento—, pero no nos atrevíamos a sacarlos, por lo que nos dolíamos muchísimo de no poder dedicarnos a su meditación día y noche, como lo habíamos tenido por costumbre hasta el año pasado en que los ocultamos».
Se busca entre todos la aplicación práctica para sus vidas, para su cristianismo sediento de autenticidad. Uno lanza la idea: «Debemos conocer más profundamente el Evangelio y hacer que nuestros compañeros lo conozcan también. Podríamos intentar venderles el Nuevo Testamento. Da vergüenza decirlo, pero es una realidad que la inmensa mayoría de los españoles ni siquiera leen el Evangelio. Creo que por ahí se podría empezar». Se acoge la idea con calor. Se convierte en consigna para la semana siguiente.
Llega nuevamente el sábado. Los militantes se reúnen con expectación. Enseguida empiezan a contar las experiencias de esos días. —Yo sólo he podido vender ocho ejemplares. Había otros más jóvenes que no lograron convencer a ninguno. Se les reían. No les hacían caso. —A mí se me ha dado de miedo. —Y se levantó el militante para contar cómo se desarrolló la venta—. Cerca de cuarenta.
Se limitó a enseñar los textos, aconsejando que los leyesen despacio. Un ordenanza que antes se «bebía» las novelas, leía ahora con interés el Nuevo Testamento y hacía al militante algunas consultas. Otro compañero dijo: «Oye, quiero uno, pero que no se enteren mis amigos del negociado. No quiero que se rían de mí». Se enteraron, pero no hubo risas. Dos de ellos compraron un ejemplar. De esta forma, el primer día vendió tres. El segundo, cuatro. El tercero, siete…, hasta cuarenta.
TE PUEDE INTERESAR: CÁSATE EN MADRID EN LA MEJOR IGLESIA
Se comentan algunas actuaciones. Se expone una faceta nueva del ambiente que les rodea, para acabar con una aplicación práctica que proyecta la acción de la semana. Al llegar alguna fiesta especial de la Virgen, en algunos negociados de las empresas madrileñas se trabaja en silencio durante unos minutos, evitando toda conversación innecesaria. Otras veces esta acción de lucha se llevará a la calle, tratando de eliminar pornografía de imprenta o el desnudismo en la moda.
Los círculos como escuela de ciudadanía
Los círculos así concebidos resultaban una auténtica escuela de ciudadanía. No sólo por las ideas madre que iban iluminando corazones e inteligencias para constituirse en piedras miliarias de un movimiento, sino por el ambiente educativo que los presidía.
La puntualidad en el comenzar y acabar era la primera norma. A la hora en punto se cerraba la puerta. Al principio causaba indignación en los que llegaban tarde no poder asistir, y más en el militante que después de un esfuerzo continuo de siete días consecutivos, había logrado arrastrar a un compañero de oficina. Pero uno y otro estaban advertidos de la norma, que, por cierto, se volvía a repetir en cada círculo.
Esta indignación inicial despistaba al militante novel. Creía que el invitado abandonaría, y él también se tambaleaba. Pero al observar que al sábado siguiente llegaba con unos minutos de anticipación, renacía su confianza. Al mismo tiempo el neófito adquiría la sensación de que aquello era algo serio, distinto de todo lo que él había conocido hasta entonces.
A lo largo de varios años pude observar una cosa muy interesante. El joven que tiene algo por dentro, es decir, deseo de superarse, vuelve a pesar de todas las dificultades que se le pongan en el camino. Ante ellas se crece, en lugar de desalentarse. El que está vacío, deserta antes de comenzar a luchar.
“Llegué tarde, y eso me determinó a perseverar”
Hablaba una tarde con un militante que durante diez años entregaría su juventud a la Virgen en el Hogar. —¿Cuál fue tu primer contacto con el movimiento? —Un círculo de estudios al que llegué tarde. —¿Cómo es eso? —Padre, si al llegar aquel sábado 29 de noviembre (no me olvidaré nunca), hubiese podido entrar a pesar de llegar tarde, a estas horas no estaría aquí. —¿Por qué? —Sencillamente, me habría parecido una de tantas reuniones, del mismo estilo de las que ya conocía.
La mística del cumplimiento del deber se inculca por los pequeños detalles.
El que no sabe cuidarlos, jamás será educador ni organizador. No se trata de la preocupación nimia y reglamentista que achica el espíritu en lugar de dilatarlo. Es la conciencia del deber en todas sus manifestaciones por insignificantes que parezcan, del deber que se cumple con seriedad y alegría jovial a un tiempo, pero que se cumple a rajatabla aunque se sufra y se haga sufrir.
Entre estos pequeños detalles, uno de los primeros quizá para reeducar a un pueblo es el de la puntualidad. En amplias zonas de España el sentido de la puntualidad está, en gran parte, por los suelos. Es verdad que se emplean una serie de frases hechas, en la mayoría de los casos inútiles, para quedar bien. Lo cierto es que gran parte de nuestros conciudadanos no caen en la cuenta de que el culto a la puntualidad pertenece a la dignidad de la persona, al respeto debido a los demás.
Esto mismo pensaban aquel presidente del Consejo de Administración de una importante empresa, y aquel catedrático de la Escuela de Comercio de Madrid cuando asistieron a diferentes actos que organizaba el Hogar.
El primero llegó unos minutos tarde al acto a que estaba invitado. Se encontró con la puerta cerrada, como era costumbre. Espera un poco, pero es inútil. Tuvo que marcharse sin poder entrar. La primera reacción fue de enfado y protesta. Pero más tarde —serenado ya—, comentaba: «Si en España se actuara siempre así, todo marcharía mejor». En actos sucesivos, llegaba unos minutos antes de la hora.
El catedrático —hombre muy recto— prometió asistir un domingo a la Santa Misa que se celebraba en la capilla del Hogar. Después se le explicaría la organización del Después se le explicaría la organización del movimiento y visitaría las instalaciones.
Aquel domingo se retrasó y no pudo entrar en la capilla. Este señor, que sabía valorar la puntualidad, no mostró ningún enfado. Felicitó a alguno de los dirigentes porque sabía formar a sus miembros en una virtud tan ausente entre los españoles.
A primera vista resulta un poco chusco que la restauración de unos valores tan fundamentales como el culto al deber, la conciencia de la propia dignidad, la estima a los demás, esos valores que constituyen la médula de herencia cristiana vinculada a los mejores días de nuestra Historia, se deba comenzar por un detalle tan nimio como el que la gente se acostumbre a cumplir con la palabra empeñada llegando a la hora convenida y no haciendo esperar.






