Este segundo fragmento forma parte de la obra «Forja de hombres», escrita por el Padre Tomás Morales Pérez, S.J. (fundador de los Institutos Seculares Cruzados de Santa María y Cruzadas de Santa María).
Los Ejercicios espirituales empezaron siendo de cuatro días de duración. Como ellos pedían más, ya en 1948 hubo dos tandas de seis días completos. Y como todavía les parecía poco, en 1949 empezaron a celebrarse dos tandas anuales de ocho completos. Esta costumbre duró hasta que en 1956 empecé a dar tandas de mes, siguiendo en todos los detalles el esquema ignaciano.
Lo propio de ellos es que el alma, a solas con Dios, se disponga generosamente a encontrarse con Él.
En estos Ejercicios se exigía rigurosamente el silencio. Aplicando la consigna de Pablo VI, se excluían de ellos «actividades propias de la dinámica de grupo: discusión de problemas religiosos, mesas redondas, encuestas». Todo esto tiene su puesto en la Iglesia, pero «no encaja en el marco de unos Ejercicios. Lo propio de ellos es que el alma, a solas con Dios, se disponga generosamente a encontrarse con Él».
A los que no eran capaces de guardarlo, se les obligaba, con firmeza y suavidad al mismo tiempo, a abandonar la tanda. A los que permanecían se les enseñaba a hacer oración y penitencia, forzándoles suavemente a ello con la insistencia continua y el ambiente de recogimiento que poco a poco iba conquistando a todos. Se les mantenía en actividad incesante para que humanamente no pudieran aburrirse.
Es verdad que las primeras horas, todo el primer día, se les hacía cuesta arriba. Pero como por amor a la Virgen se les incitaba a perseverar en el esfuerzo, una paz desconocida les empezaba a inundar a partir del segundo día, y los acababan rabiosamente contentos, llenos de alegría al tocar a Cristo.
Así me decía uno: «La primera vez que me invitaron a Ejercicios espirituales y escuché esa palabra dije: NO. La segunda lo mismo. La tercera me derribó la gracia. Llenaron hasta rebosar las ansias que tenía en mi corazón. Desde ese momento mi vida giró 180 grados. Comprendí una cosa: esta vida no es la Vida. Me pidieron todo. Lo dejé todo. Y encontré todo».
Los Ejercicios anuales se completaban con el día mensual de Ejercicios. Eso era, más que un día de retiro. Siempre en una casa de Ejercicios, comenzando el sábado por la tarde para acabarlo a última hora del domingo con la asamblea que tensa los espíritus para la acción apostólica. Conseguirlo no fue fácil.
Cuando se me ocurrió la idea de un día de Ejercicios mensual en lugar de los retirillos corrientes, me dijeron desde muchas partes que eso no se podía hacer, que jóvenes que están trabajando toda la semana en una empresa, necesitan el domingo para descansar; que era una crueldad encerrarlos en una casa de Ejercicios haciéndoles renunciar al fútbol… Estas y parecidas cosas me decían, no sólo los laicos, sino eclesiásticos y religiosos.
Claro es que no era necesario que me lo dijesen desde fuera. Dentro de mí mismo sentía repugnancia invencible a estar todo el día encerrado, hablando varias veces, y añoraba hacer con ellos una excursión distraída por parajes desconocidos. Con esta observación empecé a darme cuenta de una cosa: la última razón para no exigir a los demás, es que uno tiene que empezar exigiéndose, y esto a nadie le hace gracia, seamos clérigos o laicos. A pesar de todo, me decidí y empezaron los días mensuales en diciembre de 1946.
Comenzamos la carrera de los retiros con una pequeña derrota inicial, es decir, sin poder empezar de noche. A última hora, cuando los militantes estaban ya movilizados, se nos comunica que el retiro no puede iniciarse a las nueve de la noche, como estaba anunciado.
¡Cuántas batallas para lograr mantener estos días mensuales de Ejercicios con los que acudían, y sobre todo con las casas de Ejercicios!
Es cierto que algunas, al ver la sobriedad y resultados, empezaron a dar facilidades, siempre que no tuvieran comprometida la fecha para una tanda de Ejercicios. La guerra que hacía el enemigo a estos días mensuales, demostraba que no le caían en gracia, y me daba un argumento más para no desertar.
Cinco años más tarde, en octubre de 1952, al acabar una tanda de ocho días, un militante me decía mientras esperaba el tren en Las Navillas: «Mi entrega a Cristo en el Hogar, más que de los Ejercicios anuales, ha venido de los días de retiro mensuales».






