Este fragmento forma parte de la obra «Forja de hombres», escrita por el Padre Tomás Morales Pérez, S.J. (fundador de los Institutos Seculares Cruzados de Santa María y Cruzadas de Santa María).
Cuando daba las primeras tandas de Ejercicios espirituales internos a jóvenes empleados (noviembre-diciembre 1946), cayó en mis manos un libro, Patronatos de juventud [18], en que su autor, Timon David, reseñaba la génesis y actividad de la obra iniciada por un grupo de sacerdotes con la juventud trabajadora de Marsella. En sus páginas leí una afirmación tajante que me dejó pensativo: «A los jóvenes, si se les pide poco, no dan nada; si se les pide mucho, dan más». Me sorprendió la frase. No me la creí del todo.
Han pasado cuarenta años. Hoy puedo afirmar su exactitud matemática. He visto surgir una obra gracias a entregas totales, más o menos duraderas, y algunas definitivas, absolutamente desinteresadas de toda compensación humana, económica o de otra índole. Por eso, creo absolutamente en la afirmación de aquel sacerdote francés.
Hablando con un muchacho que empezaba a descubrir su vocación de entrega a los demás, me decía:
«En 1956 hice Ejercicios abiertos. Me exigieron, pero poco. Saqué el propósito de confesar y comulgar todas las semanas, propósito que no cumplí porque no llenaba los grandes ideales de mis dieciséis años. Llevaba una vida mediocre y no me satisfacía. En 1957 hice un mes de Ejercicios en el segundo Cursillo de formación de Militantes que el Hogar organizaba en Comillas. Se me pidió una entrega total y sin dudarlo di el paso. Eso sí que llenaba todas mis aspiraciones».
Y concluyó con esta frase que hace pensar: «Me ha costado menos consagrar mi vida a Dios, que ingresar en una organización católica para ir tirando».
Otro militante —sirve actualmente a Dios en el Instituto Secular que nació dentro del Hogar del Empleado—, contaba en una asamblea el proceso de su propia conversión. «Yo persevero —decía— porque al terminar la primera tanda de Ejercicios que hacía en mi vida, el Padre director me exigió mucho. Añadió la comunión, misa, oración, examen y lectura diarios, a mis raquíticos propósitos de perseverancia. Yo había decidido comulgar cada semana y creía que hacía algo grande, pues hasta entonces no iba a misa ni los domingos. La verdad es que no hice caso ni de la oración ni del examen, pero no dejé de asistir a misa y comulgar diariamente. Aquello fue mi salvación. El Padre me dijo que hiciera todo eso durante un mes. Pasaron los treinta días, pero ya no lo podía abandonar. Si dejaba de comulgar sentía que faltaba algo en mi vida».
Y cuando más tarde leí unas palabras de Pío XII, comprendí que Timon David tenía razón: «Debe pretenderse de los jóvenes todo —decía el Papa—, en la certeza de que se da más fácilmente mucho que poco».
En realidad empecé a creer en la eficacia de esta exigencia a últimos de noviembre de 1947, es decir, al año de iniciarse el movimiento. En los Ejercicios que por entonces daba, cuatro días anuales revitalizados con uno al mes de retiro, hablaba a mis jóvenes de entregas totales al Evangelio para hacer algo grande por Dios, por España, por el mundo. Al decirlo, interiormente pensaba: entregas totales que se acabarán cuando se echen novia o se casen. Ya es algo, bastante, ¿verdad? Pero el Espíritu Santo iba mucho más lejos.
Al atardecer de uno de esos días, tengo delante de mi mesa a un militante de veinticuatro años. Es en Santa Teresa 7. Una habitación reducida contigua a la capilla. Empieza la conversación. Me habla de la transformación que se va operando en su espíritu desde que conoció el Hogar un año antes. Vibra de entusiasmo.
—No es el Hogar —le dije—, es la Virgen Madre quien te está cambiando.
—Es verdad, Padre. El otro día me encontré con uno de la Telefónica que venía por primera vez. Le enseñé todo, pasó a la capilla conmigo. En la sala de juegos compartió con los demás nuestra alegría. Cuando nos despedíamos le pregunté: «¿Qué es lo que más te ha impresionado?» Me contesta: «Que se nota que es el Hogar de la Madre». «Tienes razón —le contesté—. Te ha pasado lo mismo que a mí. Ella lo es todo para mí desde que vine al Hogar».
Se hace una pausa. Aprovecho para dejar volar el corazón agradecido al Sagrario tan próximo, desde donde El escuchaba, mientras la Virgen sonreía en la deliciosa imagen que alegraba el Hogar naciente. Contemplo a mi interlocutor. En ese instante levanta la cabeza y me mira. Veo unos ojos humedecidos por lágrimas de emoción y agradecimiento, y dice con voz firme y decidida:
—Padre, la obra que llevamos entre manos es tan grande, que a mí me gustaría entregarme a esto para siempre. Tengo novia, como sabe. Me costará mucho dejarla, pero no me importaría. Quiero mucho a mi madre con quien vivo, pero si Dios me lo pide, estoy dispuesto a dejarla con mi otro hermano. Además, me doy cuenta que las cosas de la tierra valen para tan poco, que me gustaría consagrarme a Dios para siempre.
Al oír estas inesperadas palabras quedé sorprendido.
—¿Quieres hacerte religioso o sacerdote?— le pregunto.
—No, Padre, —me dice resueltamente— yo quiero salvar las almas allí donde se pierden, quiero contribuir a la salvación del mundo sin salir de él.
Recordé en aquel momento unas palabras de Pío XII que había leído unos meses antes, al promulgarse la Provida Mater Ecclesia [19], creando un nuevo estado jurídico de perfección en la Iglesia sin salir del mundo.
No tenía entonces la menor idea de que Dios se estuviese valiendo del Hogar para hacer surgir en la Iglesia un nuevo Instituto Secular para la transformación del mundo del trabajo y del laicado en general, especialmente de los jóvenes. No percibía que en las palabras de aquel militante apuntaba la Cruzada de Santa María. Ni se me pasaba por la imaginación la idea de fundar nada. Por eso, para salir del paso, le dije:
—Haz oración durante seis meses. Si después sigues pensando lo mismo, me lo dices.
Me sentía muy feliz creyendo que se había olvidado, cuando al cumplirse el plazo se presenta y me vuelve a insistir en su deseo. Decidí darle largas.
—Como la cosa es seria, conviene que hagas más oración. ¿Qué te parece si insistes delante de Dios durante tres meses más?
Aceptó el nuevo plazo y, transcurrido, me viene a comunicar su resolución de permanecer en el mundo consagrado a Dios.
Pasan quince días, y en los primeros de octubre de 1948, un militante de veintiún años, sin haber hablado con el anterior, me dice lo mismo. Así, hasta seis más a lo largo de 1949. Y al compás de estas confidencias me iba repitiendo: Es verdad que si a los jóvenes se les pide mucho, dan más. Gracias a ese clima de exigencia que vio nacer el Hogar, apuntaba ya un Instituto Secular al servicio de la Iglesia universal que empezaría a consolidarse diez años más tarde.
Por aquellos años leía en libros y revistas datos curiosos acerca de la exigencia con que los marxistas forjan a sus militantes. Procuraba informarme de sus resultados. Y con avidez escuchaba las impresiones que se me transmitían.
Una vez estaba en el despacho de un ministro. Por tercera vez hablaba con él. Le presenté la obra del Hogar, con sus células en las empresas. Le hablaba de la mística de exigencia para troquelar el carácter. Y me contó algo que había sucedido meses antes.
En una ciudad centroeuropea se celebraba una importante reunión política. Asisten representaciones de cuatro países. Rusia entre ellos. Pocos días después de terminada la asamblea se presenta a nuestro Gobierno un informe redactado por uno de los observadores oficiosos. Después de indicar la puntualidad, orden y disciplina con que se movía la delegación soviética, en contraste con la de las potencias occidentales, acaba: «En resumen: en Ginebra las virtudes estaban de parte de los comunistas».
Todo lo que iba captando me confirmaba en la táctica. Sólo una juventud troquelada en la exigencia podrá presentar combate a las fuerzas del mal. Y pensaba en la frase de los obispos norteamericanos cuando en 1939 conmemoraban el centenario del establecimiento de la Jerarquía en los Estados Unidos. Aludían, en el documento entonces publicado, al paralelismo entre la caída del Imperio Romano y la peligrosísima situación del mundo occidental.
Aleccionado por la experiencia, me decidí a despertar esas energías latentes que anidan en el alma joven, en espera de quien las ponga en marcha. Cuántas veces ellos, y también ellas, cuando les hablaba con frases de Pío XII o de Pablo VI de la necesidad de entregarse para construir un mundo mejor, me decían: «Desde hace años estábamos esperando este momento».
No hace mucho hablaba con dos chicas de diecisiete años que preparaban el COU. Se miraron, interrumpiendo mis palabras, y admiradas y entusiasmadas, se decían:
—¡Cuántas veces hemos hablado entre nosotras de hacer algo de esto!
Una experiencia previa a la del Hogar había hecho ya en este sentido. Encontrándome en un pueblo del oeste de España tuve ocasión de tratar con un grupo de jóvenes pertenecientes a una organización parroquial de Acción Católica de la que era consiliario. Al descubrir el temple magnífico de aquellos extremeños, les repetía y me repetía muchas veces: «En el fondo del corazón joven duerme un conquistador». Y cuando vine a Madrid, me propuse también despertar ese conquistador que dormita esperando la voz que lo arranque de su sueño.
Determinado a caminar sin miedo por el camino de la exigencia, me lancé con decisión.
El ambiente de exigencia cristalizó en todas las actuaciones: Ejercicios espirituales, marchas y campamentos, círculos de estudios. Descubrí la exactitud de la frase de Douglas Hyde: «A una demanda de heroísmo, responde siempre una respuesta heroica» [20].
Muchas veces he comprobado que «la entrega de sí mismo y el espíritu de sacrificio no son monopolio del marxismo. Nuestros cristianos son también, y en mayor escala, capaces del heroísmo siempre y en cuantas ocasiones les sea exigido» [21]. Pero la exigencia debe ser amorosa, sin dictaduras ni paternalismos, dejando iniciativa, insistiendo en lo eterno, y flexible ante el ambiente.
Notas: [18] Timon David, Patronatos de juventud. (Edit. Litúrgica. Barcelona 1945). [19] 2-2-1947. [20] Nota del autor no especificada en el fragmento original. [21] Nota del autor no especificada en el fragmento original.





