1. Guerra al amor propio: Determinarnos a morir a nosotros mismos
Necesitamos saber desaparecer en el amor de Dios, muriendo a todo lo nuestro para vivir sólo para Él. El aprovechamiento espiritual hay que medirlo por este «muero cada día», para «vivir para Dios». Es un proceso lento: desaparecer a mi vida natural para que se manifieste la sobrenatural de Cristo. Es morir al amor propio.
«Mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal» (2 Cor 4,11).
Santa Ángela de la Cruz, por ejemplo, dejó casi como testamento a sus hijas este lema: “No ser, no querer ser. Matar el yo. Enterrarlo si fuese preciso”.
Debemos ir muriendo cada día a nosotros mismos con el ejercicio de las pequeñas mortificaciones y renuncias.
2. Lucha contra la mediocridad y la tibieza: La mediocridad conduce al estado de tibieza
La tibieza surge de una dejadez prolongada en la vida interior. A un estado de tibieza siempre precede una cadena de pequeñas infidelidades:
- Descuido habitual de las cosas pequeñas.
- Descuido del examen personal (general y particular), que es descuido en la contrición por las faltas personales.
- Falta de metas concretas en el trato con el Señor. Se va “tirando”. Se abandona la lucha por ser mejor, la tensión por la santidad.
El estado de tibieza se parece a un plano inclinado en el que casi imperceptiblemente nos separamos de Dios. Aparece de manera casi insensible cierta preocupación por no excederse, por quedarse en el límite para no cometer pecado grave, y se justifica esta actitud de mil maneras (naturalidad, salud, eficacia apostólica…). Se justifican así pecados veniales, afectos desordenados, apegos a cosas y personas, comodidades, gastos inútiles, iniciativas al margen de la obediencia, etc.
Resultado:
- La vida de piedad resulta incómoda (reglamento sin alma).
- Se piensa más en lo difícil y costoso de lo bueno que en el placer de lo malo.
- Se lucha poco contra las tentaciones dudosas.
- Se pierde el deseo de una gran intimidad con Dios (se da por imposible) y se rehúye el trato con Él.
El tibio ha dejado el amor a un lado. Su corazón se ha llenado de pequeños egoísmos y compensaciones buscadas a su alrededor. Un síntoma muy claro es ir teniendo cada vez más cosas, más caprichos, más necesidades y menos desprendimientos. Al final se produce un vacío interior que es preciso llenar de alguna manera…
No apetece nada la vida oculta de Nazaret. Aterra tener que enfrentarse, en silencio, con la propia existencia cotidiana. Por eso necesita recubrir tal vacuidad con cosas o “cuidados” superfluos pero de rentabilidad inmediata: pequeños triunfos, distracciones, espectáculos, la vanidad de que su nombre aparezca públicamente… coraza en la que rebota o resbalan los estímulos sobrenaturales (lectura, dirección espiritual, sacramentos…).
San Juan de Ávila pone estos síntomas de la mediocridad:
- Hablar palabras ociosas.
- Desear oír novedades.
- Llegar tarde a la oración y estar muy presto para salir.
- Sentir el corazón seco para lo espiritual.
- Tener ojos abiertos a vidas y faltas ajenas y cerrados a las propias faltas.
- Falta de devoción y desgana en la recepción de sacramentos.
- Incomodarme cuando me corrigen, huir de las correcciones y quejarme de las faltas de los otros.
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¿Nos damos cuenta del daño que los mismos pecados veniales hacen en nosotros y en los prójimos, tanto en lo espiritual como en lo material?
Un hombre, con su frivolidad, puede perjudicar gravemente a una muchacha, y ésta puede sufrir graves daños por su curiosidad o su ligereza. Una mujer, con su desorden, su impuntualidad o su charlatanería, puede llevar a su marido al borde de la desesperación.
Un jefe de taller o de oficina, con sus manías, puede hacer que el trabajo sea para sus subordinados un verdadero purgatorio. Un negocio, levantado con grandes sacrificios familiares, puede ser arruinado por las pequeñas negligencias.
3. Importancia del arrepentimiento intenso
Aunque la culpa de un pecado venial pueda no ser muy grave, las consecuencias exteriores sí pueden serlo, y las interiores también, pues matan la devoción y conducen al alma al estado de tibieza.
Por eso es muy grande la importancia de un arrepentimiento intenso, pues cuanto más profunda es la contrición por el pecado, más concede Dios la reducción o incluso la anulación de la pena temporal. La contrición, con la gracia de Dios, puede y debe aniquilar (conterere, triturar, despedazar) en el corazón la culpa, la pena eterna, y también la pena temporal.
Por eso la compunción —es decir, la actualización frecuente del arrepentimiento— y la reiteración del sacramento de la penitencia tienen tanta importancia para el crecimiento espiritual.
4. No ser ni indolentes ni cobardes. No tener miedo
En el espíritu del “Yo lo escojo todo” teresiano. Todos los santos se determinan radicalmente. Por ejemplo, Santa Teresa:
“No se da este Rey sino al que se le da del todo. Como Él no ha de forzar nuestra voluntad, toma lo que le dan, mas no se da a sí del todo, hasta que ve nos damos del todo” (Camino 4, 8, 4).
“Digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo…” (Camino, 21).
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San Pedro Poveda dice con ardor:
“Hay que hacerse todo para todos a fin de ganarlos a todos para Cristo: si hay que velar, se vela; si hay que sufrir, se sufre; si hay que humillarse, se humilla; si hay que pedir limosna, se pide; si hay que enfermar, se enferma; si hay que morir, se muere; pero se muere en la batalla, con honra y con gloria, con Cristo, en nombre de Cristo, y para gloria de Cristo”.
Que no nos paralice el miedo. A Santa Teresa de Calcuta le dijo el Señor:
“Has estado siempre diciéndome: ´Haz conmigo lo que desees´. Ahora quiero actuar. Déjame hacerlo. No tengas miedo, estaré siempre contigo… Déjame actuar. Confía en Mí amorosamente, ciegamente.”
5. Abandonarse a la acción de Dios: Confianza audaz
Dios tiene que exigirnos, purificarnos, para educarnos y configurarnos con Él. Por eso permite el dolor y las pruebas, sin que nada se escape de su Providencia. Él hace que el mal y el dolor concurran para nuestro bien.
Debemos admitirlo: no tenemos ni capacidad, ni dignidad para el estado al que Dios nos llama. Necesitamos que Él mismo nos capacite, purificando nuestros vicios y pecados.






