“El amor es eterno, y solo el amor vence al odio”.
La vida y martirio de Don Enrique Boix Lliso muestran, una vez más, que el bien triunfa incluso en medio de la más cruel persecución. Su testimonio es reflejo de la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte.
Los primeros años de Enrique Boix
Don Enrique Boix Lliso nació en Llombay (Valencia) el 20 de julio de 1902. Era el menor de cuatro hermanos: Carmen, Consuelo y Antonio. Sus padres, Antonio y Vicenta, campesinos humildes y de fe profunda, transmitieron a sus hijos el mayor tesoro que poseían: el amor a Cristo y a la Virgen.
Cada tarde, la familia se reunía en torno a un cuadro de la Virgen para rezar el rosario. En este ambiente sencillo y profundamente cristiano germinó la vocación sacerdotal del pequeño Enrique, alentada y acompañada por su párroco, Don Juan Bautista Amargós.
Formación y ordenación sacerdotal
Enrique ingresó en el Colegio de Vocaciones de San José de Valencia, fundado por el Beato Manuel Domingo y Sol, donde cultivó la oración, el estudio y las virtudes cristianas. Más tarde pasó al Seminario Conciliar, recibiendo una sólida formación filosófica y teológica.
El 25 de junio de 1925, fue ordenado sacerdote por Monseñor Prudencio Melo, arzobispo de Valencia. El 15 de julio del mismo año celebró su primera misa en la parroquia de la Santa Cruz de Llombay, entre la alegría de todo el pueblo.

Un sacerdote cercano a los jóvenes
Su primer destino fue como vicario en Gijón. Posteriormente, sirvió en Simat de la Valldigna y en Xeresa, hasta llegar en 1932 a Alzira, donde ejerció como vicario de la parroquia de San Juan Bautista y capellán de comunidades religiosas.
Don Enrique se entregó con especial celo a la juventud: fue director de la Juventud Obrera, consiliario de Acción Católica y promotor de numerosas iniciativas. Creó un campo de deportes, organizó campeonatos de fútbol y fomentó la participación activa de los jóvenes en la vida parroquial. Su entusiasmo pastoral le ganó el apelativo de “el cura de los jóvenes”.
La amenaza revolucionaria
Su influencia y celo apostólico empezaron a incomodar a los enemigos de la fe. En plena II República, las amenazas contra él aumentaron. Aconsejado, se refugió por un tiempo en Algemesí, pero fue finalmente detenido y encarcelado en su pueblo natal, Llombay, el 23 de enero de 1937.
Martirio en Llombay
Infamias en el claustro
El comité revolucionario de Llombay, que había profanado y destruido el antiguo convento de los dominicos, convirtió el claustro en escenario de una humillación inhumana. Don Enrique fue atado a un limonero, desnudado y escarnecido públicamente. Resistió con serenidad, repitiendo:
“Estáis locos… habéis perdido el sentido”.
Pasó la noche al frío invernal, sufriendo más por el dolor moral que por el físico.
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La “corrida de toros”
Al día siguiente, el 24 de enero, lo sometieron a un macabro espectáculo: lo soltaron del árbol y, como si de un toro se tratase, lo empujaban, lo toreaban y lo herían con banderillas improvisadas hechas de agujas y hierros.
En medio de la tortura, el sacerdote rezaba:
“Señor, dame fuerzas y perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
Finalmente, fue asesinado con un cuchillo de desangrar cerdos, muriendo rezando y perdonando a sus verdugos.
El “carbón enriquecido”
Su cuerpo fue enterrado apresuradamente en el claustro, convertido en cuadra. Pero los animales, inquietos, obligaron a los verdugos a trasladarlo a una carbonera. Allí lo ocultaron entre leña y carbón, que más tarde vendían en el mercado.
El pueblo, horrorizado, empezó a hablar del “carbón enriquecido con la sangre del mártir”. Su hermana Carmen relató en 1942 que su propia madre llegó a comprar de aquel carbón, quedando profundamente afectada al conocer su procedencia.
El silencio y la memoria
El crimen estremeció a Llombay. La mayoría de sus habitantes no participaron, pero un pacto de silencio se impuso para ocultar la vergüenza colectiva. Durante más de 80 años, los hechos quedaron en la sombra, hasta que los testimonios orales y escritos de algunos arrepentidos salieron a la luz.
Hoy, la Iglesia recuerda a Don Enrique Boix Lliso como sacerdote mártir de Cristo, que murió perdonando y ofreciendo su vida. Su ejemplo confirma que solo el amor es eterno y solo la cruz salva.






