La flagelación de Jesús es narrada en los Evangelios con una sola palabra: “fue apresado y azotado”. “Era un castigo extremadamente bárbaro, la víctima era golpeada por varios torturadores hasta el cansancio, y la carne de los criminales colgaba en pedazos sangrantes”.
Coloquio de amor
Tras contemplar esta terrible escena, haz un coloquio de amor con Jesús y con la Virgen, hablándole así:
- ¿Por qué esto, Señor? ¿Por qué tu cuerpo puro y virginal es tratado así…? ¿Por qué tu carne inocente tan maltratada…?
- Un cuerpo dominado por el amor no merece este destrozo, este sufrimiento. Tú, Jesús, siempre viviste con austeridad, vivías pobremente, dormías al aire libre, sin tener dónde reclinar la cabeza. Te has cansado… Has buscado ovejas descarriadas, has amado y has servido… Y ahora tu cuerpo, con el que has hecho tanto bien, es tan terriblemente maltratado…
- Quizá tengo que comprender que viniste para ser Víctima, sí, ese era el plan del Padre… ¡Tu Cuerpo era víctima! y a las víctimas se las tritura, se las muele. “Triturado por nuestros delitos”. Hecho una llaga de pies a cabeza. La sangre derramada cubre suelo y columna…
Dios mío, enséñame a amarte, a sufrir por Ti y por las almas, a ser puro de alma y cuerpo, a reparar por tantos pecados…
Meditación del padre Tomás Morales
La columna. Crueldad. Por las circunstancias que nos constan históricamente concurrieron en este acontecimiento de la Pasión. Pilatos quiere que quede muerto. El 95 por ciento, por lo menos, de las víctimas de la flagelación morían en el acto o poco después. Ha dado órdenes rigurosas para que se ejecute el suplicio con toda su crueldad.
Atado a la columna empiezan a descargar los golpes, siente un dolor vivísimo en sus carnes inmaculadas. Jesús, entre tanto, callaba. Ni una palabra, ni un gesto, ni una actitud. “Silencio triunfal”, me dice San Agustín. En las grandes agonías de las almas, en los grandes sufrimientos, estas palabras de Jesús confortan.
Se dice de Santa María Magdalena Sofía, una de las santas más crucificadas del siglo XIX, que en las persecuciones que tuvo que sufrir de parte de las mismas hijas que ella había fundado, encontraba su refugio y fortaleza en estas palabras del Evangelio: “Jesús, entre tanto, callaba”.
¡Silencio triunfal! porque me alcanza también a mí las fuerzas para triunfar de mis rebeldías, de mi deseo de organizar mi vida, de mis independencias, de mis pasiones… ¡Silencio triunfal!
Señor, te vas desangrando y debilitando cada vez más. Caes en el suplicio de la flagelación. Me conmueve lo que oras al Padre: Padre, Padre mío, perdónalos a estos que me azotan, a todos los demás que me están azotando con sus pecados, perdónalos porque no saben lo que se hacen. No te cansas de suplicar perdón para los que te persiguen.
“Los soldados del gobernador llevaron a Jesús al palacio y reunieron a toda la tropa alrededor de él. Le quitaron la ropa y le pusieron un manto de color escarlata. Luego trenzaron una corona de espinas y se la colocaron en la cabeza, y en la mano derecha le pusieron una caña. Arrodillándose delante de él, se burlaban diciendo: —¡Salve, rey de los judíos! Y le escupían, y con la caña le golpeaban la cabeza. Después de burlarse de él, le quitaron el manto, le pusieron su propia ropa y se lo llevaron para crucificarlo”. (Mt 27, 27-31)








