Pintura al óleo de Alonso Cano, "Cristo y la Samaritana", que muestra a Jesús conversando con una mujer junto a un pozo.

Dame de beber | Tercer domingo de Cuaresma (Ciclo A)

Evangelio del día

Lectura del santo Evangelio según san Juan 4, 5-42

Llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar […] Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber». Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva». La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla». El le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve». La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta. […] Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo».

Meditación de Martín Descalzo

Hay que leer esta página y meditarla personalmente, identificándose con aquella mujer que, un día como los demás, fue a sacar agua del pozo y encontró allí a Jesús, sentado al lado, «fatigado del viaje», en el calor de mediodía.

«Dame de beber», le dijo, dejándola muy sorprendida: en efecto, era inusual que un judío dirigiera la palabra a una mujer samaritana, y además desconocida. Pero la sorpresa de la mujer estaba destinada a aumentar: Jesús habló de un «agua viva» capaz de extinguir la sed y convertirse en ella «en fuente de agua que brota para vida eterna»; demostró además que conocía su vida personal; reveló que había llegado la hora de adorar al único y verdadero Dios en espíritu y en verdad; y al final le confío -cosa rarísima- que era el Mesías. (Martín Descalzo)

La sed de Dios y la sed del hombre (Benedicto XVI)

Todo esto a partir de la experiencia real y sensible de la sed. El tema de la sed recorre todo el Evangelio de Juan: desde el encuentro con la samaritana, a la gran profecía durante la fiesta de las Tiendas (Jn 7,37-38), hasta la Cruz, cuando Jesús, antes de morir, dijo, para que se cumpliera la Escritura: «Tengo sed» (Jn 19,28).

La sed de Cristo es una puerta de entrada al misterio de Dios, que se hizo sediento para saciarnos, como se hizo pobre para enriquecernos (2 Co 8,9).

Sí; Dios tiene sed de nuestra fe y de nuestro amor. Como un padre bueno y misericordioso desea para nosotros todo el bien posible, y este bien es Él mismo.

La mujer de Samaría representa en cambio la insatisfacción existencial de quien no ha encontrado lo que busca: ha tenido «cinco maridos» y ahora convive con otro hombre; su ir y venir al pozo para sacar agua expresa una existencia repetitiva y resignada.

Sin embargo, para ella todo cambió aquel día, gracias a la conversación con el Señor Jesús, que le estremeció hasta el punto de hacer que abandonara el cántaro de agua y corriera para decir a la gente de la ciudad: «Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Cristo?» (Jn 4,28-29).

Abramos también nosotros el corazón a la escucha confiada de la palabra de Dios para encontrar, como la samaritana, a Jesús que nos revela su amor y nos dice: el Mesías, tu salvador, «soy yo, el que te está hablando» (Jn 4,26).

Que nos obtenga este don María, primera y perfecta discípula del Verbo hecho carne.

Meditación del padre Tomás Morales sobre la Samaritana

Al leer y meditar este evangelio, deslumbran dos verdades: Dios, amor infinito, tiene sed de darse, y la miseria humana anhela ser colmada y amada. Ni el Creador ni la criatura pueden estar sin amar. Este flujo y reflujo, esta duplicidad de amor, esta doble sed explica y resume las relaciones entre el alma y Dios.

Venerable Padre Tomás Morales rezando junto a la Virgen María

Toda la catarata de gracias que el Señor da al alma desde el despertar mismo de la vida divina en ella, no son más que el efecto de esa doble sed de Dios y mía. Amemos a Dios porque Él nos amó primero, dice san Juan. “Al fin para este fin de amor hemos sido creados”. Y también: El hombre es creado para amar, alabar, hacer reverencia, servir a Dios… temporalmente en la tierra y eternamente en el cielo.

Jesús, cansado, se sentó junto al pozo

Estoy a la puerta y llamo. Si alguno escucha mi voz y me abre, entraré y cenaré con él (Ap 3,20). Voy a escuchar estas palabras como de fondo al meditar este evangelio de la Samaritana: “Llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar”. Igual que llega cada día a mi corazón y llama. Si escucho su voz y le abro, entrará en mí. Porque Jesús no está sólo en la Hostia Santa, en la Misa, en el Sagrario… no está sólo resucitado a la derecha del Padre. ¡Está también en mi corazón!

Jesús llega a mi corazón y me dice: si oyes mi voz y me abres, entraré y cenaré contigo un banquete de paz mientras dure tu paso en la tierra, y luego un festín de paz en el cielo. Al alma profunda y contemplativa le basta eso. “Llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar”. ¿Qué va a pasar? Va a convertir una mujer de adúltera e idólatra en creyente. Adoraba el dinero, la vida cómoda, el placer, el orgullo, el quedar bien ante los hombres… Como tantos otros hoy. Pero Jesús la va a convertir de pecadora en apóstol. Lo mismo que desea hacer conmigo.

Inmaculada Madre de Dios, tus ojos para mirarle… También yo quiero rogarle que se quede siempre conmigo, que me haga su confidente.

Padre Tomás Morales

“Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado, junto al pozo”. Cansado de darme tantas gracias desde niño, tantas luces y fuerzas para que me entregue a Él y le ame. Por eso quiero, Jesús, decirte que te adoro, y te bendigo por tantas veces como, cansado por mi culpa, me has llamado; y por la paciencia exquisita que siempre has tenido conmigo.

“Era alrededor del mediodía…” Llegó una mujer de Samaria idólatra, pecadora. Adoraba a Dios a su modo, pero también el placer, la comida, el dinero… El encuentro con Cristo va a transformar su corazón. San Carlos Borromeo se admiraba pensando que Jesús, que había venido para salvar a todos en apenas tres años de vida pública, se detuviese tanto tiempo (varias horas) con una mujer de Samaría.

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