“Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”. (Lc 13, 1-9)
En el evangelio de este día, con el que podemos hacer nuestra oración, el Señor lanza una advertencia a sus oyentes, a nosotros. Una advertencia no cargada de enfado o de ira, sino de preocupación ante el peligro de la condenación.
Le cuentan al Maestro lo ocurrido con unos galileos mandados a asesinar por Pilatos. Ante el hecho, Jesús responde:
“Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.”
El Señor nos hace una llamada permanente a la conversión a lo largo de toda nuestra vida. Lo sabemos. De hecho, la primera palabra de Jesús en su vida pública es esta: “Convertíos.”
La paciencia divina y la parábola de la higuera
Es propio de la pedagogía divina dar avisos a lo largo del tiempo. No quiere ejecutar castigos, no lo hace por maldad ni por ira. Son avisos cargados de amor y de preocupación.
“No busco la muerte del pecador, sino que se convierta y viva.”
Nos deja además en claro, en este pasaje del evangelio, la infinita paciencia del Señor a través de la parábola de la higuera.
La higuera era figura del pueblo de Israel y también es figura de nuestra vida. Va a buscar fruto año tras año, aunque por un momento parece que pierde la esperanza. Sin embargo, el Señor conoce nuestras durezas, aquello que nos limita, lo que frena nuestra conversión, aquello que nos hace estériles.
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La misericordia divina se toma las cosas con calma, es paciente y perseverante. El fuego devorador de Dios no consume de inmediato, sino que abraza lentamente para dar oportunidad a la conversión, al cambio del corazón.
El Señor no se rinde. Le va a echar una carga extra de abono. La fuerza del abono es grande, y lo es hasta tal punto que la misma infecundidad se vuelve fecunda, la aridez reverdece y la esterilidad fructifica.
El abono de la gracia
Podríamos preguntarnos: ¿cuál es este abono? Nos lo ha estado diciendo san Pablo a lo largo de las lecturas de esta semana, en la carta a los Romanos: la gracia de Dios. Y claro, también nos ha dicho cuál es la causa de la esterilidad: el pecado. Pero la gracia siempre puede más.
“Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia.”
Lo ha hecho Dios. El apóstol nos exhorta a vivir en clave del Espíritu, actuando según Él.
Podremos preguntarnos cómo, y la respuesta es dejándonos hacer. Pero no es un dejarse pasivo: todo lo contrario. Implica luchar, poner toda la carne en el asador, tener grandes deseos y grande ánimo.
San Agustín diría:
“Lánzate a Él, no tengas miedo. Él no va a ocultarse para que caigas. Arrójate sin temor. Él te recibirá y te curará.”
Sin duda, el santo de Hipona tiene experiencia en lo que dice. Lo ha vivido.
Una llamada a la esperanza
Por eso, queridos hermanos, que no perdamos nunca la esperanza, sino que le pidamos al Señor tener esa determinada determinación, como diría santa Teresa, de aspirar a la conversión permanente de nuestra vida.
En este último sábado del mes del Rosario, mes de la Virgen, sigamos suplicándole a nuestra Madre que nos alcance la gracia de la confianza audaz, sabiendo que el Señor brillará en nuestra vida si nosotros le dejamos, sabiendo que el Señor convertirá nuestro corazón a Él si constantemente estamos acudiendo en la oración, suplicando aquello que necesitamos —que no es otra cosa que la gracia de Dios—, capaz de hacer de una higuera estéril aquella que dé fruto abundante, fruto sabroso, fruto de santidad.






