Vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. (Col 3,3)
“El alma encuentra en la gracia del momento presente a Jesús viviente que se le ofrece oculto en la obra que realiza” (Chautar)
“Haz lo que haces”, decía con profundo realismo San Juan Bosco. Porque la vida no es más que el instante en que actualmente vivimos. El pasado ya no volverá, el futuro no sabemos si vendrá. Por tanto, nuestro lema de conducta debería ser siempre vivir con plena intensidad el momento presente, haciendo sólo lo que en cada momento es la voluntad de Dios.
No siempre resulta fácil. Es necesario determinarse a arrojar el pasado a la misericordia divina, encomendar el futuro a la confianza y centrarse en el presente con amor, para gloria y servicio de Dios, a imitación de la Madre y Reina de la Paz.
1. Es la mejor manera de aprovechar bien la vida
Si vivimos bien el momento presente, nuestra vida alcanza el máximo rendimiento, pues la utilizamos para aquello para lo cual Dios nos la dio: para amarle y así alcanzar la vida eterna. Este fin de amor es imposible cumplirlo bien si no estamos quietos, si nos dejamos arrastrar con la imaginación al pasado o al futuro.
A un reloj se le pide que sus manecillas sean fieles a la cita. Deben encontrarse exactas en el sitio preciso. Tienen que marcar la hora. Aquí está la fidelidad del hombre a Dios. Adhesión pronta a su voluntad, lealtad al momento presente, santidad en el detalle. Siempre estamos tentados de vivir otro instante del que Dios quiere para nosotros entonces. Es preciso luchar contra esta tendencia.
El anciano vive de recuerdos, el joven de proyectos. El anciano se hunde en el pasado, el joven vive tenso hacia un mañana incierto que no sabe si llegará. Ambos son inconscientes, ilusos, desperdician el ahora, el hermoso día de hoy que Dios espera para volcarse y darnos sus gracias.
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En cambio, es propio del hombre reflexivo vivir en la realidad, en el momento presente. El segundo de tiempo que ahora atravieso es el tesoro que Dios pone en nuestras manos para amar, ganar el cielo. Es, pues, lo más útil que podemos poseer. Al mismo tiempo, es lo más precario, lo más fugaz. Se esfuma entre las manos: «El tiempo tiene más de la nada que del ser, pues por su naturaleza es dejar de ser» (San Agustín).
Este tesoro que es el tiempo se dilapida cuando no vivimos el momento presente, el “haz lo que haces”, dejándonos arrastrar hacia el pasado, que ya no volverá, o hacia el futuro, siempre tan problemático e incierto. En cambio, viviendo el momento presente, sacamos a la vida todo el partido posible.
2. Gran fecundidad apostólica
Nuestro apostolado, permaneciendo unidos a Dios al vivir el momento presente, es fecundo. Nadie tuvo corazón tan grande como Jesucristo. Sin embargo, su actividad en la tierra se limitó al “haz lo que haces”. Se ocultó en Nazaret. En su vida pública no salió de Galilea, Judea y Samaría, que ni aun juntas formaban un país muy grande. El Mediterráneo no estaba lejos. El Evangelio no nos dice que bajara hasta él. Es que en vez de soñar su obra la realizaba.
En lugar de pensar, cuando trabajaba en aldeas como Nazaret, Naín o Caná, «es demasiado poco para mí», decía «aquí está mi obra y mi puesto». Hay que ser realistas. Hay que saber ESTAR donde se debe estar, a imitación de la Madre y Reina de la paz.
La actitud de la Virgen ante la Cruz se cifra en una sola palabra: STABAT. En un espacio pequeño, en una ocupación insignificante, un alma grande encuentra dónde desplegarse. En vez de dilatarse en amplitud, se sumerge en profundidad. No hay que cruzar el mundo para hacer apostolado. Basta trabajar donde Él nos coloca, llenando de amor la obligación de cada instante.
La vida se compone de momentos presentes, misteriosos ojos de un puente frágil que une las riberas del tiempo y de la eternidad, del nacer y del morir. Atravesar cada uno de esos ojos mirando al Amor, atento a sus llamadas, es el secreto de la santidad, de la fecundidad apostólica.
«Cada segundo viene a nosotros cargado de una invitación de Dios, y cada segundo se hunde en la eternidad cargado de nuestra respuesta», decía San Francisco de Sales.
Nuestra vida debe ser construida a base de pequeños instantes. Cuando contemplas el horizonte te parece que se juntan, allá lejos, cielo y tierra. Es una ilusión. Pero en el momento presente sí que se encuentran Dios y el hombre. Se tocan el todo y la nada. Esto sí es realidad, la única gran realidad en un mundo que pasa.
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Entre la eternidad –inmenso Amor deseoso de comunicarse– y el hombre –pequeñez microscópica flotando en la nada–, el único punto de contacto es el momento presente. Es como el ojo de la aguja, por donde el hombre puede recibir todo lo que Dios quiere darle y devolverle todo lo que Él espera.
«Si llenas el minuto inolvidable y cierto, de 60 segundos que te llevan al cielo, todo lo de esta tierra será de tu dominio, y mucho más aún: serás hombre, hijo mío» (Rudyard Kipling).
3. Garantiza el amor a Dios en cada segundo
Vivir el momento presente además nos garantiza poder amar a Dios permanentemente, porque es el medio de contemplarle y sentirle, el único orificio por el cual le divisamos dentro y fuera de nosotros.
Si nos movemos con el recuerdo o la imaginación, desplazándonos hacia el pasado o hacia el futuro, perdemos la visión de Dios. Nuestros deseos de santidad serán ilusorios, si no vivimos siempre y sólo el momento actual.
Para prevenir este engaño recurramos cada día a la Virgen.
Digámosle: «Madre, para que pueda llegar a amar a Dios por encima de todo, concédeme hoy la ocasión y la gracia de amarle por encima de algo».
Para ello es importante vigilar al iniciar, realizar y acabar cada ocupación del día. Emprende «el trabajo sin vehemencia ni prisa y continúalo con indiferencia». Esa ocupación o esa responsabilidad concreta que debes desempeñar es el juguete que Jesús te da para entretenerte hasta que venga. Acábalo sin precipitación, pues sabes que después de él vendrá otro.
Para calmar la impaciente actividad repite a menudo: «Mientras esté aquí por voluntad de Dios, no estoy obligado a hallarme en otro sitio» (Schrijvers). Así, en plena posesión de ti mismo, te dedicarás a las sucesivas ocupaciones del día con corazón desprendido. Esta libertad interior te permite emprenderlo todo con generosidad y atención, multiplica tu eficacia, no te fatigas.
Santa Teresita quiere combatir en su hermana Genoveva el deseo de hacer demasiado bien las cosas: «No has venido aquí para trabajar a destajo, ni para lograr éxitos. Los israelitas levantaron los muros de Jerusalén trabajando con una mano y defendiéndose con la otra. Así debemos hacer: trabajar con una mano y defendernos con la otra de la disipación, que impide unirse a Dios».






