Retrato de la beata Carmen García Moyón, mártir de Torrent y patrona de laicos y cooperadores amigonianos

CARMELA GARCÍA MOYÓN, LA FRANCESITA. Una tea ardiente

Carmela, a la que también llamaban cariñosamente «la francesita», era menudita de cuerpo, pero gigante de alma. Discreta y sencilla, reflejaba una serena y dulce amabilidad que conquistaba los corazones. Pero sorprendentemente tenía, además, arrestos de luchadora, escondía dentro un temple heroico.

Un alto ideal religioso, que la inspiraba siempre, motivaba todo su obrar. Lo había mamado en el seno familiar. Era de esas mujeres tocadas por Dios de tal manera que la visión sobrenatural le era connatural. Vivía por y para este ideal y por él estaba dispuesta, incluso, a morir.

Había nacido en Nantes el 13 de septiembre del año 1888, de padre español (José García Jiménez) y de madre francesa (Josephine Moyon), siendo la penúltima de cinco hermanos. Muy pronto (a los ocho días de nacer) la bautizaron en la parroquia de Notredame de Bon Port de Nantes. Su nombre completo fue Carmen Marie Anne García Moyon.

Cuando tenía unos trece años, la familia se traslada a vivir a España, a Segorbe, en la provincia de Castellón. Allí la empiezan a llamar con el cariñoso nombre de «la francesita», y pronto entra en contacto con la obra del Padre Luis Amigó, (los amigonianos), cuya espiritualidad será como el oxígeno de su alma.

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El Padre Luis Amigó

Este venerable sacerdote y fundador, fue un fraile capuchino al que San Juan Pablo II llamaría años después «gigante de la santidad». Había nacido en 1854 en Masamagrell (Valencia) y antes de que el Papa le nombrase obispo primero de Solsona y después de Segorbe, siendo ya capuchino, impulsó, desde su mismo pueblo natal, un fuerte movimiento laical en aquella comarca levantina.

Supo imprimir en los laicos ese entusiasmo evangelizador propio del bautizado que toma conciencia de su fe. Muchos se comprometían, abrazando una vida de santidad y de verdadero compromiso social, caritativo y apostólico, siguiendo el espíritu del santo de Asís.

Fue así como surgió la Tercera Orden Franciscana Seglar que llegó a tener una gran vitalidad apostólica. En poco tiempo pasaban de cinco mil los terciarios y terciarias fruto del admirable celo de Padre. Pronto surgirían también la Congregación de Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia (1885) y la Congregación de Religiosos Terciarios Capuchinos de Nuestra Señora de los Dolores (1889) pues la vida consagrada de ordinario es fruto de una fuerte experiencia de fe y caridad.

Carmela, identificada y enamorada de este carisma, no tardó en ingresar en la Tercera Orden Seglar, y más tarde, deseando una entrega total, se consagró en 1918 en las Hermanas terciarias de la Sagrada Familia, tomando el nombre de Sor Esperanza de Nantes. Pero viendo que ese no era el camino por el que el Señor la quería, no renovó los votos definitivos, y siguió siendo terciaria seglar en la vida corriente.

Costurera en Torrent

En 1926 cambia de residencia y se va a vivir a Torrent (Valencia), ciudad en la que ya estaban los amigonianos, instalados en el antiguo convento alcantarino de Monte Sión. Desde él, desplegaban una gran acción caritativa asistencial y educativa.

Le faltó tiempo a Carmela para comprometerse y empezar una acción apostólica intensa, a la vez que se alimentaba cada día de la Santa Misa, los sacramentos y de una intensa vida de oración, del más puro espíritu franciscano. Da catequesis a los niños, se encarga de los ornamentos sagrados y de limpiar y cuidar la iglesia del convento, y abre en su misma casa un taller de costura para trabajar, confeccionando ropa de encargo.

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Era un trabajo que le facilitaba entrar en contacto con las jóvenes de Torrent, a las que no solo enseñaba a coser y a bordar sino, sobre todo, a adquirir virtudes y vivir piadosa y santamente. «Su taller de modista -escribe un sacerdote testigo- era al mismo tiempo un taller de cristiandad, porque aprovechaba cualquier motivo y cualquier momento para la enseñanza de la religión».

En esta tarea demostrará dotes de apóstol audaz, que busca siempre, impulsada por el Espíritu Santo, hacer el mayor bien posible al mayor número de personas, aprovechando cualquier momento y motivo.

La persecución en Valencia

En Valencia, como en toda la zona del levante español, la persecución religiosa que acompañó los años de la guerra (sobre todo los primeros meses), fue especialmente cruel. Lo fue, sobre todo, por el número tan elevado de víctimas, tanto entre el clero diocesano como en los religiosos y religiosas, como entre los buenos y fervorosos seglares.

Pero también por el gran destrozo artístico que el vandalismo de los revolucionarios ocasionó de manera verdaderamente infame y desquiciado. Fue el «martirio artístico», que también pone de manifiesto el odio a la fe que corría por sus corazones.

Desde el comienzo de la II República ya hubo más que amagos de ataques violentos a las iglesias y a todo tipo de signo religioso. Pero todo se agudizó hasta el paroxismo al estallar la guerra. Los grupos frente populistas iban tomando plazas e imponiendo su ley en muchos municipios por medio de los llamados «comités locales revolucionarios».

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Algunos de ellos especialmente matones y abusadores, no dudaban en arrasar con «todo lo que oliese a cera». Uno de esos comités fue el de Torrent, formado por socialistas y comunistas que habían acordado no incluir mujeres en sus matanzas martiriales. Pero, como se demostraría claramente, nada les importaría, llegado el caso, hacer las excepciones necesarias.

Carmela, en ese terrible trance ni se arredró ni disimuló nunca su condición. Con verdadero horror, fue testigo en los primeros meses de la guerra del martirio de más de veinte sacerdotes y religiosos. Y con audaz valentía, seguía dando sus clases de corte y confección, a la vez que ayudaba a tantos cristianos que sufrían castigos o eran perseguidos por su fe. Les llevaba alimentos y ropa. A muchos, también la comunión.

Estalla la bomba

Pronto el «comité» cobró una especial inquina contra la pequeña y valerosa Carmela. No soportaban el brillo de su caridad. Si buscaban una causa para ir contra ella, esa causa la tenían delante.

María Vilata, una joven del pueblo que pretendía casarse precisamente con uno del Comité, se acercó a la costurera para encargarle el vestido de novia. Carmen le aconsejó que esperase un poco a que pasase la situación de persecución, y así poderse casar por la Iglesia… A la tal María le faltó tiempo para írselo a contar a su prometido. La bomba iba a estallar.

El 30 de enero de 1937 dos coches se plantaron frente a la casa de la modista. Carmen está fuera. Pronto aparece de la mano con el hijo de una amiga, un niño de unos cuatro años. La quieren coger por la fuerza, pero ella se resiste enérgicamente. El niño, agarrado a sus piernas, grita angustiado. La escena es dramática.

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Una vecina, Antonia Vilarroya, ante el griterío, acude e intenta poner orden y evitar que se la lleven, pero la encañonan con una pistola en el pecho, y ante tal argumento, desiste horrorizada.

Entre los seis hombres la suben a uno de los coches, y la llevan a las afueras de Torrent, por el camino que lleva a Morredondo, a un campo de viñas y algarrobos, al lugar conocido como el Barranc de les Canver.

Ardiendo de amor

Lo que ocurrió allí escapa a toda imaginación de posible acción inhumana. Lo contarían después ufanamente los mismos asesinos en el bar Lluiset: «La intentamos violar, pero se resistió gritando: “¡primero me mataréis que abusaréis de mí!”».

El temple firme y decidido de Carmela se pone, como nunca, a prueba. Jamás consentiría en que su cuerpo, templo del Espíritu Santo, fuese profanado por aquellos desalmados. Se resiste con gritos de dolor y lágrimas de angustiosas plegarias.

Los asesinos (José Fenoll Garrigues, Antonio García Mares y dos forasteros desconocidos) ante la tenacidad de la mártir, terminan por rociarla toda ella con gasolina y prenderle fuego. Hasta a los asesinos, según su propio testimonio, les pareció un espectáculo espantoso que les llegó a horrorizar. «Era una tea ardiente vagando por el campo. Hasta que se desplomó al suelo y se consumió totalmente».

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Y añadieron: «Mientras ardía, gritó varias veces: “¡Viva Cristo Rey!”».

¡Una tea ardiente! Esa fue la dramática manera que tuvo Carmela de entrar en el cielo. Había sido luz para muchos; su corazón había ardido en amor a su Dios, con un contagioso fuego divino. Los últimos minutos de su vida temporal fueron de un simbolismo tan precioso como dramático.

Carmela entró en el cielo encendida de amor a Dios, por dentro y por fuera. Una gracia especial que Dios reserva a sus escogido, pues «los justos brillan en el cielo como chispas de un cañaveral» (Sab 13, 8).

Fama de santidad

Enseguida se la tuvo por mártir. Y la causa de canonización se inició muy pronto en una causa común con otros 22 religiosos amigonianos. El 11 de marzo de 2001 fueron todos beatificados en una ceremonia espléndida en el Vaticano, presidida por San Juan Pablo II, en la que el Papa elevaba al honor de los altares a un total de 233 mártires de la misma persecución.

La fiesta de la beata Carmen García Moyon se celebra cada año, el 30 de enero.

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