Cada 7 de octubre la Iglesia celebra a Nuestra Señora del Rosario. Es una fiesta que nos recuerda una verdad sencilla y profunda: María siempre nos conduce a su Hijo.
El Rosario no nos aleja de Jesús. Al contrario, nos ayuda a contemplar su vida con los ojos y el corazón de su Madre. En cada misterio volvemos a su nacimiento, a su vida pública, a su pasión, a su muerte y a su resurrección.
La fiesta de la Virgen del Rosario nació de la gratitud del pueblo cristiano por la protección de María y por los frutos espirituales de esta oración. Con el paso de los siglos, el mes de octubre ha quedado especialmente unido al rezo del Rosario.
¿Qué celebramos el 7 de octubre?
Celebramos a María como Virgen del Rosario. La imagen tradicional la representa sosteniendo al Niño Jesús y ofreciendo el Rosario a santo Domingo. Es una imagen que expresa el sentido de esta oración: María nos entrega un camino para contemplar a Cristo, amarle y seguirle.
Benedicto XVI explicó que el Rosario es un medio que la Virgen nos ofrece para contemplar a Jesús y, meditando su vida, «amarlo y seguirlo cada vez con más fidelidad».
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El Rosario: una oración sencilla y profunda
A veces pensamos que el Rosario es una oración complicada o repetitiva. Sin embargo, su sencillez es precisamente una de sus riquezas.
Mientras nuestros labios repiten el Padre nuestro, el Avemaría y el Gloria, el corazón se detiene en un momento de la vida de Jesús. María nos enseña a guardar esos misterios, como ella guardaba todo en su corazón.
No se trata de repetir palabras deprisa. Se trata de permanecer junto a Cristo: contemplar cómo nace, cómo llama a sus discípulos, cómo cura, cómo perdona, cómo entrega su vida y cómo vence la muerte.
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Una oración por la paz
La Virgen del Rosario está unida de manera especial a la oración por la paz. Pero esa paz comienza muy cerca: en el propio corazón, en el hogar, en las relaciones que necesitan perdón y en las heridas que solo Dios puede sanar.
Por eso, cuando rezamos el Rosario, podemos presentar a María nuestras preocupaciones concretas: una persona enferma, un hijo, un matrimonio, una decisión difícil, una familia que atraviesa un momento de dolor o las necesidades del mundo.
San Juan Pablo II recordó que el Rosario es «una oración de la familia y por la familia». Rezar juntos no elimina las dificultades, pero ayuda a ponerlas ante Dios y a vivirlas sin perder la esperanza.
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María nos enseña a mirar a Jesús
La devoción a la Virgen no consiste en quedarnos en María. Ella misma nos lleva a Jesús. Su primera palabra en el Evangelio que queda como consigna para todos es: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5).
Por eso, rezar el Rosario es pedirle a María que nos enseñe a obedecer, a confiar, a servir y a amar como Jesús. Ella conoce nuestras luchas y no se cansa de llevarnos hacia su Hijo.
En Escuela de Santidad rezamos:
«Madre Nuestra. Santa María: que un destello de luz, irradiando de Nazaret, ilumine nuestras vidas; que contemplemos en Jesús obediente y humilde, el modelo de nuestra vida de familia, trabajo y estudio».
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Cómo celebrar a la Virgen del Rosario
No hace falta hacer algo extraordinario. Puedes vivir esta fiesta de manera sencilla:
- Reza un Rosario completo o, si no tienes tiempo, una sola decena.
- Lee despacio el Evangelio del misterio que vas a contemplar.
- Pide por una intención concreta de tu familia, de la Iglesia o del mundo.
- Acércate a una imagen de la Virgen y deja una flor como gesto de cariño filial.
- Termina dando gracias a María por acompañarte y pedirle que te lleve siempre a Jesús.
El Rosario es una escuela de contemplación. Nos enseña a no vivir con prisa, a mirar a Cristo con profundidad y a descubrir que Dios sigue actuando en lo pequeño de cada día.
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Oración a la Virgen del Rosario
Virgen del Rosario, Madre de Jesús y Madre nuestra, enséñanos a mirar a tu Hijo con un corazón sencillo.
Ayúdanos a rezar con fe, a guardar la Palabra de Dios y a vivir cada día más cerca de Jesús.
Te confiamos nuestras familias, nuestras preocupaciones, los enfermos, quienes sufren y todos los que necesitan paz.
Para que las flechas de nuestras vidas apunten siempre al Cielo en que Tú habitas. Amén.






