La revolución en España y en Valencia
Todo Levante español, y Valencia en particular, fue una de las regiones más castigadas por la persecución religiosa, al quedar bajo mando del Frente Popular durante toda la guerra civil española.
En el verano de 1936 la destrucción sistemática de patrimonio artístico religioso que afectó a todos los pueblos de las tres provincias valencianas, fue un increíble desastre. Aún hoy es imposible calibrar el alcance del destrozo. No se libraron de la quema ni la capilla de la Virgen de los Desamparados, ni el Palacio episcopal, ni la Catedral con su museo, que llegó a sufrir hasta siete incendios simultáneos.
Aun así, el «martirio artístico», no fue el peor. Muchos sacerdotes, religiosos y monjas iban a derramar su sangre por su fe, y también un gran número de buenos y sencillos cristianos de a pie, como María Teresa Ferragud Roig, una valiente madre de familia que daría heroicamente su vida por amor a Cristo. Siempre vivió en el valenciano pueblo de Algemesí, pero los dolorosos acontecimientos martiriales que narramos se producirían en la cercana villa de Alzira.
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Una madre santa y audaz
María Teresa nació el 14 de enero de 1853. Desde joven fue muy religiosa llamando la atención por su ejemplar piedad. Disfrutaba con entusiasmo con todo lo que tuviese que ver con Dios. Era adoradora nocturna, pertenecía a la Acción Católica y a las Conferencias de San Vicente de Paul, de las que llegó a ser presidenta; y formaba también parte de la Orden Tercera del Carmen… Su gran amor a Dios la hacía muy generosa y caritativa, sobre todo con los pobres, enfermos y moribundos.
Se casó joven, a los 19 años, con Vicente Masiá Ferragud, piadoso, humilde y sencillo labrador con el que compartirá casi 44 años de vida. El deseo de ambos fue siempre formar una santa familia y engendrar hijos para el cielo; y los frutos, como veremos, son prueba de que verdaderamente lo consiguieron.
El matrimonio tuvo ocho hijos, siete mujeres y un varón, a los que trasmitieron una sólida educaron cristiana, sobre todo por medio de su ejemplar testimonio. La familia entera irradiaba virtud y santidad, no es de extrañar que Dios la bendijese con seis vocaciones a la vida sacerdotal o religiosa, y cinco mártires.
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María Teresa vivió su vocación de esposa y madre, con esa santa pasión de amor que Dios pone con frecuencia en el corazón de las madres. Los sacrificios que conlleva sacar adelante una familia numerosa no la impidieron atender sus prácticas espirituales; al contrario, sentía que las necesitaba para ser siempre una cariñosa esposa y una buena y abnegada madre.
Cuando en 1916 falleció su esposo, María Teresa, viuda, se refugió ahora mucho más en Dios, buscando en él consuelo y fortaleza. A partir de entonces participa cada día en la Santa Misa, reza asiduamente el santo Rosario, acrecienta su devoción al Sagrado Corazón, y adora con mucha frecuencia al Santísimo Sacramento, oculto en el sagrario de la iglesia.
Los hijos. Cuatro religiosas mártires
La primogénita de los nueve fue María Teresa, que pronto ingresaría en el convento de san José y Santa Tecla de Valencia, aunque fallecería pronto, en 1927.
Las hermanas segunda y tercera, María Felicidad y María Celestina, murieron tempranamente. Y vinieron después las cuatro hermanas que alcanzarían la gracia del martirio, siendo ya beatas:
María Vicenta, que al entrar en religión toma el nombre de María Jesús. Nació el 12 de enero de 1882, y a los 18 años ingresó en la Orden de las religiosas Capuchinas de Santa Clara de Agullent (Valencia). En el momento del martirio tenía 54 años.
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Vino después María Joaquina, que se hace monja en el mismo monasterio de Agullent, el año 1903. Al entrar en religión toma el nombre de María Verónica. Había nacido el 15 de junio de 1884, y entró en la eternidad cuando tenía 52 años.
Beata Josefa de la Purificación (en el mundo María Josefa Ramona), nació el 10 de junio de 1887. Ingresó a los 18 años en las Agustinas Descalzas de Benigánim (Valencia), haciendo su profesión el año 1906. Llegó a ser priora del convento, y en el momento de la persecución era la maestra de novicias. Aunque se resistió a abandonar el monasterio ante las amenazas, y cuando pretendían prenderlas en plena persecución, la obligaron a salir a la fuerza. Tenía 49 años al morir.
Y por fin, María Felicidad, que nació el 28 de agosto de 1890 y como sus otras dos hermanas también se hizo monja en las Clarisas capuchinas de Agullent en 1909. Fue martirizada con 45 años.
Según los testimonios recogidos, todas observaban una conducta tal en el convento que causaba admiración por su grande y fina observancia. Una sólida piedad fue siempre su distintivo.
Vicente fue el único hijo varón, y también abrazó la vida religiosa. Se hizo religioso capuchino y recibió el nombre de Serafín de Algemesí.
La benjamina de la familia fue María Purificación, la única de todos los hermanos que se casó.
Donde van mis hijas voy yo
Huyendo de la persecución, las cuatro hermanas se habían refugiado en la casa paterna. Durante ese tiempo acompañaban a su anciana madre, que juntas, se sentían más protegidas, dentro de la tensa situación. La hermana agustina Josefa de la Purificación, la única que no era franciscana, fue la última en incorporarse al refugio materno.
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Pero los temores se vieron pronto confirmados. El 19 de octubre de 1936, a las cuatro de la tarde, varios milicianos irrumpieron en la casa dispuestos a llevarse a las cuatro hermanas. No querían a la madre, solo a las monjas. Pero la madre replicó valientemente: «Donde van mis hijas, voy yo». De ninguna manera estaba dispuesta a separarse de ellas.
«Donde van mis hijas, voy yo».
Entonces los milicianos arrestaron a las cinco y las llevaron a encerrar al convento cisterciense de Fons Salutis, convertido en cárcel. Allí permanecerían cinco dolorosos días en los que los carceleros, con propuestas innobles e inmorales, intentaron sin ningún éxito, que renegaran de su consagración.
El cielo es para siempre
El 25 de octubre era ese año la fiesta de Cristo Rey, día sublime en el que las cinco heroínas iban a entrar en el cielo. A las 10 de la noche las subieron a un camión para conducirlas al lugar llamado Cruz Cubierta, en las afueras de Alzira, y fusilarlas.
Quisieron empezar por la madre, pero ella les dijo resuelta: «Quiero saber qué hacéis con mis hijas. Si las vais a fusilar, matadlas primero a ellas y después a mí. Así moriré tranquila».
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Y dirigiéndose entonces a ellas, como la ardorosa Santa Felicidad o como la madre de los Macabeos, demostrando una fe ardiente, les dijo: «Hijas mías, sed fieles a vuestro Esposo y no consintáis en los halagos de los hombres. Hijas mías, no temáis, esto es un momento y el Cielo es para siempre».
«Hijas mías, no temáis, esto es un momento y el Cielo es para siempre».
Después de ver morir a las cuatro, y a punto de morir ella, le dijo un miliciano: «Oye vieja, ¿tú no tienes miedo a la muerte?». Y con serenidad, santa audacia y profunda fe, dijo: «Toda mi vida he querido hacer algo por Jesucristo y ahora no me voy a volver atrás. Matadme por el mismo motivo que a ellas, por ser cristiana. Donde van mis hijas voy yo». Y descargaron sobre ella una ráfaga de balas.
«Toda mi vida he querido hacer algo por Jesucristo y ahora no me voy a volver atrás».
Los cuerpos de las cinco mártires fueron enterrados en el cementerio de Alzira, pero terminada la guerra, el 2 de julio de 1939, los trasladaron al de Algemesí. Y el 16 de abril de 1961, las santas reliquias fueron depositadas en la iglesia parroquial de San Pío X de la misma localidad, donde permanecen aún hoy.
Las cuatro hermanas, junto con la madre fueron beatificadas en el año 2001 por San Juan Pablo II.






