Primer plano de un Cristo crucificado de madera con iluminación suave, representando las enseñanzas sobre el amor de Dios y la redención en la Cruz.

Las grandes lecciones de la Cruz

¡Miremos a Cristo traspasado en la Cruz! Él es la revelación más impresionante del amor de Dios… En la Cruz, Dios mismo mendiga el amor de su criatura: Él tiene sed del amor de cada uno de nosotros. Cuatro grandes lecciones que aprendemos de la Cruz de Cristo.

1. La Cruz nos enseña que Dios es amor

Sólo dirigiendo la mirada a Jesús, muerto en la cruz por nosotros, se puede conocer y contemplar esta verdad fundamental: «Dios es amor». «Desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar».

Al levantar los ojos hacia el Crucificado, adoramos a Aquel que vino para quitar el pecado del mundo y darnos la vida eterna. La Iglesia nos invita a levantar con orgullo la Cruz gloriosa para que el mundo vea hasta dónde ha llegado el amor del Crucificado por los hombres, por todos los hombres. Nos invita a dar gracias a Dios porque de un árbol portador de muerte, ha surgido de nuevo la vida. Sobre este árbol, Jesús nos revela su majestad soberana, nos revela que Él es el exaltado en la gloria.

Jesucristo a Santa Gema Galgani: “Hija mía, mírame y aprende cómo se debe amar. ¿No sabes que el amor me ha dado la muerte? Estas llagas son obra del amor”.

  • “Me amó y se entregó a la muerte por mí”.
  • “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos”.

San Agustín: “Quede clavado por entero en vuestro corazón el que por vosotros quiso estar clavado en una cruz”.

El Crucifijo de Baviera

En una iglesia de Baviera hay un crucifijo muy notable. En vez de estar extendido con los brazos así, en cruz, aparecen los brazos plegados sobre el pecho. Se cuenta que en la Edad Media entró allí un ladrón a altas horas de la noche. Tenía un designio criminal: Robar la corona de perlas que la religiosidad de los fieles había puesto en la cabeza del Cristo. Entra sigilosamente en la iglesia, profana el altar pisoteándolo, y empieza a gatear por el crucifijo.

Cuando ya estaba a una altura conveniente se agarra fuertemente con la mano derecha contra el cuerpo de Cristo crucificado para no caerse y con la mano izquierda va a buscar la corona de perlas. De repente los brazos de Jesús se desclavan y le abrazan contra su Corazón.

Aquel hombre, yerto de miedo, empieza a tiritar. Está amaneciendo, se filtran las primeras claridades del día a través de los ventanales. Aquel hombre dirige su mirada hacia arriba y se encuentran con los ojos ensangrentados de Cristo que le miran con amor, a la vez que sus brazos le estrechan contra su corazón.

2. La Cruz nos enseña lo horroroso que es el pecado

Cristo está en la cruz a causa de mis pecados. Si para remediar mis pecados ha sido necesaria la muerte de Dios en la Cruz, el pecado tiene que ser algo verdaderamente horroroso.

“… Contemplando con los ojos de la fe al Crucificado, podemos comprender profundamente qué es el pecado, su trágica gravedad, y al mismo tiempo la inconmensurable potencia del perdón y de la misericordia del Señor”.

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3, 16).

Él mismo es la propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.

Historia del misionero Pierre-Jean de Smet

En 1841 fui a evangelizar una tribu de las montañas rocosas de Canadá, una tribu india llamada “los Cabezas Planas”. Sólo estuve allí unos pocos meses porque muy pronto la obediencia me cambió inesperadamente de destino, y tuve que ir a misionar a otros lugares.

Había transcurrido unos 20 años cuando un día, estando yo en Montreal, me encontré fortuitamente por la calle a uno de los indios que conocí en aquella misión y que se había convertido. Yo mismo le bauticé. Fue un encuentro que nos llenó de alegría.

— “¿Te acuerdas —le dije— cuando te hablé de Dios y lo que te impresionó conocer su amor y lo que había hecho por nosotros? Enseguida te convertiste y pediste el bautismo. Hasta entonces eras esclavo del alcohol, y cuando te emborrachabas te entregabas a toda clase de excesos”.

— “Así es, Padre, pero a partir de entonces cambió mi vida por completo. Me dejaste un pequeño crucifijo de cobre. Es éste. Lo llevo siempre conmigo, míralo. Desde entonces, cuando venía la lucha, lo miraba, y si la tentación arreciaba lo tomaba en mis manos y le decía: ‘Señor, Tú sufriste todo eso por mí, ¿y yo no he de sufrir algo por ti?’ Desde hace 20 años no he vuelto a emborracharme ni a cometer pecados”.

— “¿Cómo? —le dije— ¿Desde hace 20 años, sin sacerdote, sin sacramentos, no has cometido un sólo pecado mortal?”.

Y aquel sencillo y humilde indiecito, asombrado, me dijo: — “¿Un pecado mortal? Ha muerto Dios por mí, ¿e iba yo a cometer un pecado mortal? ¿O es que los blancos de Europa, a los que tú has explicado el crucifijo, cometen todavía pecados mortales?”.

Cristo crucificado dijo un día a Santa Ángela de Foligno: “No hay pecado por el que Yo no haya sufrido pena y ofrecido remedio”.

Y San Agustín confesó: “Desde que supe que fui comprado por la sangre de Cristo, no me atreví jamás a venderme”.

3. La Cruz nos enseña el Valor de las almas

La Cruz nos muestra también el valor que tenemos a los ojos de Dios, la grandeza de cada hombre redimido por Él. “Sus cicatrices nos curaron” escribirá años después san Pedro, haciéndose eco del poema del siervo doliente de Isaías. Es decir, su dolor y sus heridas gritan que hemos sido comprados a precio de la sangre de Dios; expresan el valor inmenso que tiene el hombre a los ojos de Dios, de manera que jamás podremos encontrar un motivo tan grande y tan sólidamente fundamentado para justificar nuestra dignidad… “Mirad que no habéis sido comprados… con bienes caducos, con oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo…”

Pensemos que para crear Dios el mundo le bastó un “hágase”, una palabra: ¡fiat! Pero para salvar a las almas necesitó ¡30 años y la cruz!

Si ponemos en el platillo de una balanza un alma, en el otro tendremos que poner, para equilibrarla, la columna de la flagelación, los clavos, una cruz, sangre… ¡todo un contrapeso divino! Por eso, podemos pensar que, si Él ha hecho tanto por mí, ¿cuándo haré yo suficiente?

4. La cruz nos enseña a perder el miedo a sufrir

No podemos olvidar que somos discípulos de un Dios que ha muerto en la cruz. Que somos “del bando del Crucificado” (Santa Teresa). San Agustín llamaba a los cristianos “hijos del calvario”.

Jesús también quiere sufrir para ayudarme a sobrellevar mis sufrimientos, para darme fuerza y santificarme con ellos y en ellos. Él sabía que sus discípulos iban a ser perseguidos y crucificados. Y como pedía a la debilidad humana un acto heroico, quiso padecer por delante terriblemente para darnos fuerzas. “Él padeció por nosotros para que sigamos sus huellas” (I Pe 2,21). Más aún, Jesús sufre por amor a cada uno de nosotros, para fortalecernos en las pruebas: “Como Él ha pasado por la prueba del dolor, puede auxiliar a los que ahora pasan por ella” (Hb 2,18).

Hay dos modos de sufrir

“Hay dos modos de sufrir: sufrir amando y sufrir sin amar. Los santos sufrían todos con paciencia, alegría y perseverancia porque amaban. Nosotros sufrimos con rabia, despecho y hastío porque no amamos. Si amásemos a Dios, seríamos felices de poder sufrir por amor a Aquel que aceptó sufrir por nosotros.

¿Decís que es duro? No, es dulce, es consolador, es suave: es la felicidad… Sólo hace falta amar cuando se sufre y sufrir amando. Aquel que va al encuentro de la cruz camina en sentido inverso a las cruces; puede que se las encuentre, pero se alegra de encontrárselas; las ama, las lleva con valentía. Estas lo unen a nuestro Señor. Lo purifican. Lo separan de este mundo. Quitan los obstáculos de su corazón y lo ayudan a recorrer la vida como un puente ayuda a cruzar el agua.

La mayor parte de los hombres vuelven la espalda a las cruces y huye ante ellas. Cuanto más corren éstos, más los persigue la cruz. Deberíamos correr tras la cruz como el avaro corre tras el dinero. Parece que porque amamos un poco al buen Dios no debemos tener nada que nos contraríe, nada que nos haga sufrir… Es porque no entendemos el valor ni la felicidad de las cruces.

¡No comprendo cómo es posible que un cristiano pueda no amar la cruz y huir de ella! ¿No significa huir al mismo tiempo de aquel que quiso ser clavado en ella y morir por nosotros? La cruz es la lámpara que ilumina el cielo y la tierra.

Hay que pedir el amor a las cruces

Hay que pedir el amor a las cruces: entonces se hacen ligeras. Yo lo he experimentado: durante cuatro o cinco años me han calumniado, me han llevado mucho la contraria, me han trastornado. Vaya si tenía cruces. ¡Tenía casi más de las que podía soportar! Me puse a pedir el amor a las cruces y entonces me sentí feliz. Lo digo en serio: no hay felicidad más que ahí.

Cuando se aman las cruces, nunca se tienen, pero cuando se rechazan, quedamos aplastados por ellas. Huir de las cruces es querer que nos opriman; desearlas es no sentir su amargura.

¡La cruz, la cruz! ¿Nos hace perder la paz? Ella es la que da la paz al mundo y la que debe llevarla a nuestro corazón. Todas nuestras miserias provienen de que no la amamos. El miedo a las cruces aumenta las cruces. Una cruz llevada con sencillez y sin esas reincidencias del amor propio que exageran los dolores, ya no es una cruz, un sufrimiento.

La cruz es un don que el buen Dios hace a sus amigos. Lo que hace que no amemos a Dios es que no hemos llegado a ese grado en que todo lo que nos cuesta nos gusta. Una larga enfermedad es ventajosa para un cristiano que sabe sacarle partido. Es necesario haber llegado a cierto grado de perfección para soportar la enfermedad con paciencia.

¡No tenemos el valor de llevar nuestra cruz! Es un error, pues la cruz persiste hagamos lo que hagamos. No podemos huir de ella” (S. J. María Vianney).

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