Adorar es reconocer desde lo más profundo del corazón que solo Dios crea, solo Dios salva, solo Dios santifica. Es proclamar con fe: “¿Quién como Dios?”. Adorar es rendirse ante el Señor y decir: “Dios mío, nadie se compara a ti”, uniéndose al canto eterno de los ángeles: “Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos” (Is 6,3). Pero ¿qué significa realmente adorar? ¿Por qué es tan importante la adoración eucarística en la vida del cristiano?
Beneficios y exigencias de la adoración eucarística
Nosotros adoramos solo a Dios. Adoramos a Dios uno y trino, adoramos a la Santísima Trinidad, un solo Dios. Es decir, adoramos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Además, nuestra fe nos enseña que el Hijo se hizo hombre, y se llama Jesús. Nosotros adoramos a Jesús, nuestro Dios y Señor, único Salvador del mundo.
Jesús está realmente en la Eucaristía, por eso, le adoramos en este delicioso Sacramento. La Iglesia nos enseña que:
“La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo” (PO 5).
La adoración eucarística es, pues, el acto por el cual, reconociendo la presencia real de Jesús en la hostia consagrada, nos postramos en su santa presencia con fe, esperanza y amor.
La adoración eucarística consiste en establecer una relación con la Santa Hostia, sabiendo que ahí está Jesús Vivo, Glorioso, Resucitado. Nos lleva a conversar con Jesús Eucaristía sabiendo que Él nos ve, nos oye, nos bendice, nos atiende, está pendiente de nosotros.
Una oración muy bonita de adoración es la que el ángel les enseñó a los pastorcitos en Fátima, y que dice así:
“Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación de los ultrajes con los que Él es ofendido. Por los méritos infinitos del Sagrado Corazón de Jesús y del Inmaculado Corazón de María, te pido la conversión de los pecadores. Amén.”
¿Qué implica adorar a Jesús? Piedad y caridad
Fundamentalmente, la adoración nos exige piedad y caridad.

Te puede interesar: Hacer Ejercicios Espirituales Presenciales
Piedad
En 1 Timoteo 4,8, san Pablo nos dice que la piedad es el cariño en el trato con Dios. Dicho de otra manera, la piedad es el conjunto de actos por los cuales manifestamos un amor delicado al Señor.
Un verdadero adorador de la Eucaristía pone mucho cariño en su relación con ella. La piedad expresa el amor que le tenemos al Señor. Al contrario, la falta de piedad refleja poco amor.
La piedad se expresa y manifiesta en:
- Las posturas: la Iglesia nos enseña que debemos hacer genuflexión al entrar en la Capilla de Adoración. Se recomienda la genuflexión doble (ambas rodillas en el suelo). Si alguien no puede, hace una venia profunda. Podemos orar sentados o de rodillas, pero siempre con decoro.
- La forma de vestir: expresa respeto al Señor. No se va vestido como para una cancha o una piscina. No hacen falta más detalles, se entiende.
- El silencio: tiene valor sagrado. Si no hay silencio, no podemos orar. En la Capilla de Adoración debe reinar el recogimiento. Hay que apagar los celulares y no conversar. En el silencio habla Dios.
- La piedad interior: se expresa en el cariño y ternura con que le hablamos a Jesús cuando estamos delante de Él.
Caridad
Adorar a Jesús Eucaristía, ir a la Capilla de Adoración, es una cuestión de amor. El amor a Jesús es lo que nos mueve a ser adoradores. Los santos nos enseñan a relacionarnos con mucho amor con Jesús Eucaristía.

San Juan Pablo II decía:
“Es hermoso estar con Él y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto (cf. Jn 13,25), palpar el amor infinito de su corazón. Si el cristianismo ha de distinguirse en nuestro tiempo sobre todo por el «arte de la oración», ¿cómo no sentir una renovada necesidad de estar largos ratos en conversación espiritual, en adoración silenciosa, en actitud de amor, ante Cristo presente en el Santísimo Sacramento? ¡Cuántas veces, mis queridos hermanos y hermanas, he hecho esta experiencia y en ella he encontrado fuerza, consuelo y apoyo!”
(Ecclesia de Eucharistia)
Quien adora a Jesús Eucaristía practica el doble mandamiento del amor. Primero, experimenta el amor que brota del Corazón Eucarístico de Jesús, y descubre las delicias de estar con el Señor, nuestro mejor amigo. ¡Nada se compara con esa conversación amorosa! Y lleno del amor de Jesús, puede amar correctamente a los demás.
Es una gran incoherencia decir que uno es adorador eucarístico y no tratar con caridad a los demás. Nunca se nos debe olvidar que sin caridad, nada somos (1 Co 13,2-3). San Pablo indica claramente que “la fe actúa por la caridad” (Ga 5,6).
El termómetro de nuestra adoración eucarística es cómo tratamos al prójimo. Si una persona está horas delante del Santísimo pero maltrata o habla mal del prójimo, no está haciendo bien su adoración. ¡Que se examine!, pues no se está dejando transformar por el amor de la Eucaristía.
La adoración eucarística, hecha con verdadera piedad, nos va transformando y ensancha el corazón para amar de verdad al que está a nuestro lado.
Te puede interesar: Mártires en España del Siglo XX
Los frutos de la adoración eucarística: fortaleza y alegría
FORTALEZA
Quien adora a Jesús Eucaristía es fuerte ante los problemas de la vida, porque se abandona en Él, hace actos de fe y recibe la fuerza del Espíritu Santo para no perder la paz.
Todo verdadero adorador eucarístico escucha en su corazón estas palabras de Jesús:
“Ánimo, yo he vencido al mundo” (Jn 16,33).
Y puede decir con autoridad:
“El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es el baluarte de mi vida, ¿quién me hará temblar?” (Sal 26,1).
La adoración eucarística nos ayuda a descargar nuestros agobios, contarle a Jesús nuestros problemas, recibir su consuelo. Estar con el Rey de reyes (1 Tm 6,15; Ap 19,16) nos llena de fortaleza para llevar con alegría las cruces diarias.
La Eucaristía forja mártires. Y estamos en tiempo de martirio. Un auténtico adorador es firme en su fe, no se deja llevar por ideologías, sino que se deja conducir por Cristo Jesús.
La fortaleza va de la mano con la alegría. Quien se apoya en el Señor, está alegre (cf. Flp 4,4). Quien adora de verdad dice como el profeta Habacuc:
“Yo me alegraré en el Señor, me regocijaré en Dios mi Salvador” (Ha 3,18).
Amor a las almas: el apostolado eucarístico
San Pablo dijo: “¡Ay de mí si no evangelizara!” (1 Co 9,16). Todos estamos llamados a proclamar la Buena Noticia. Una forma concreta es aumentar el número de adoradores.
Quien ha descubierto lo hermoso que es estar con Jesús Eucaristía busca más adoradores. A eso se le llama apostolado eucarístico.
Hagamos un intenso apostolado. Aún hay horas en que el Señor está solo en la Capilla. ¡Que eso no ocurra! Él quiere muchos adoradores. Y para que haya muchos adoradores… ¡estás tú y estoy yo!
Te puede interesar: Beato Anselmo Polando en el Pectoral del Papa León XIV
San Manuel González, el obispo de los Sagrarios abandonados, pidió ser enterrado bajo un sagrario. En su tumba se lee:
“Pido ser enterrado bajo un Sagrario para que mis huesos, como fue mi lengua y pluma en esta vida, digan a los que pasan: ahí está Jesús, ahí está, no lo dejen nunca abandonado”.
El amor lo llevó a pedir eso. Él no quería que Jesús estuviera abandonado.
Hagamos una red de apostolado eucarístico. Contemos a otros las maravillas de Jesús Eucaristía. Digamos que estar en la Capilla es como estar en el Tabor. Como Pedro, digamos:
“Señor, ¡qué bueno es estar acá!” (Mt 17,4).






