A las puertas de la Navidad, nos encontramos en unos días deliciosos que invitan a la contemplación junto a la Virgen Santísima y San José. El misterio de la Virgen Madre es la señal que Dios nos regala para comprender la profundidad y la anchura de su amor infinito, manifestado en la Encarnación: Dios con nosotros.
Antes de su llegada, María se presenta como la “puerta” a través de la cual Dios entra en este mundo necesitado de salvación. Por ello, nuestro corazón se une al grito de la liturgia: Maranata, ven, Señor Jesús, ven y no tardes.
María y José son modelos de abandono y confianza
Al observar a la Virgen, tan llena de Dios, serena y sencilla, aprendemos cómo acoger y adorar al Señor. Su pureza y humildad atrajeron la mirada de Dios, quien se prendó de su belleza y le propuso ser Su Madre. Su respuesta, “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”, es el camino de la misericordia.
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A su lado, San José se nos presenta como el testigo privilegiado. Contagiado por las virtudes de María, encontró la paz y la confianza necesarias para afrontar las pruebas difíciles que el Señor le encomendó. Él fue el hombre en quien Dios confió profundamente y quien, a su vez, se abandonó en total confianza al plan divino.
El Magníficat: El cántico de los humildes
En el Evangelio de este 22 de diciembre, contemplamos a María que, tras la Encarnación, se pone en camino para ayudar a su prima Isabel. Es en ese encuentro donde brota el Magníficat, el cántico de los humildes.
María se reconoce pequeñísima pero profundamente amada. La humildad, como nos enseña la Virgen, consiste en reconocer las maravillas que Dios hace en nosotros, pero atribuyéndole toda la gloria a Él.
“Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque Dios ha hecho maravillas en mí, pero el maravilloso es Él.”
Vivir de la Palabra de Dios
Como señalaba el Papa Benedicto XVI, el Magníficat es una poesía entretejida con hilos del Antiguo Testamento. Esto nos revela que María:
- Vivía y pensaba desde la Palabra de Dios.
- Estaba penetrada de la luz divina.
- Irradiaba amor y bondad porque sus pensamientos eran los pensamientos de Dios.
En estos días, estamos llamados a contemplar este prodigio: la Madre del Verbo colaborando de manera extraordinaria en el misterio de la salvación. Si somos dóciles a la voluntad divina, como ella, de nuestro interior brotará siempre la alabanza.
Que en estos días adoremos y alabemos al Señor como lo hacía la Santísima Virgen.






