En aquel tiempo Jesús exclamó: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios, y las has revelado a la gente sencilla! Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien. El Padre ha puesto todas las cosas en mis manos. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Vengan a mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo les daré alivio. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso, porque mi yugo es suave y mi carga, ligera”. (Mateo 11,25-30).
Reflexiones sobre el Corazón de Jesús
El Corazón de Cristo: fuente de amor y misericordia
El Corazón de Cristo es su Centro personal; es la Fuente de su Amor por nosotros. El origen de nuestra fe; el manantial inagotable de misericordia y Gracia.
“Es el acto de religión por excelencia, esto es, una plena y absoluta voluntad de entregarnos y consagrarnos al amor del Divino Redentor, cuya señal y símbolo más viviente es su Corazón traspasado”.
– Pío XII
Jesucristo mostró su Corazón como símbolo para estimular al conocimiento de su amor, y como prenda de su misericordia para la Iglesia en los tiempos modernos.
Una devoción esencial
San Juan Pablo II afirmó:
“La devoción al Sagrado Corazón fue la respuesta al rigorismo jansenista, que había acabado por desconocer la infinita misericordia de Dios… El hombre del año 2000 tiene necesidad del Corazón de Cristo para conocer a Dios y para conocerse a sí mismo; para construir la civilización del amor”.
Los Padres de la Iglesia hablan del Corazón de Cristo
- San Agustín: el Corazón de Jesús significa la unión íntima con Cristo, es como el “lugar de encuentro” con Él. Allí está el origen de la sabiduría más preciosa, que es conocerle a él. En efecto, Agustín escribe que Juan, el amado, cuando en la última cena apoyó su cabeza sobre el pecho de Jesús, se reclinó sobre el santuario de la sabiduría.
- San Bernardo: Yo, empero, lo que no hallo en mí mismo búscolo confiado en las entrañas del Salvador, rebosantes de bondad y misericordia, la cual van derramando por los diversos agujeros de su cuerpo sacratísimo, pues sus enemigos taladraron sus pies y manos y abrieron con lanza su costado; por estas aberturas puedo yo sacar miel de la piedra y óleo suave del peñasco durísimo; puedo gustar y ver cuán suave y dulce es el Señor.
- San Buenaventura: Para que del costado de Cristo dormido en la cruz se formase la Iglesia y se cumpliese la Escritura que dice: mirarán al que traspasaron, uno de los soldados lo hirió con una lanza y le abrió el costado. Y fue permisión de la divina providencia, a fin de que, brotando de la herida sangre y agua, se derramase el precio de nuestra salud, el cual, manando de la fuente arcana del corazón, diese a los sacramentos de la Iglesia la virtud de conferir la vida de la gracia, y fuese para los que viven en Cristo como una copa llenada en la fuente viva, que salta hasta la vida eterna.
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Para meditar en el Corazón de Jesús. Por el padre Tomás Morales
El Venerable Tomás Morales no dice: Todos los misterios del Salvador desde la Encarnación a la Ascensión brotan del Amor. Por eso, la Iglesia nos invita hoy a mirar al Amor que los ilumina. El Corazón de Cristo simboliza ese amor. Una festividad que conmemora todo el cariño de Dios hacia nosotros…
El amor de Cristo nos empuja
Un objetivo se propone la liturgia al establecer esta fiesta: garantizar nuestra perseverancia en la lucha. Sólo la fe viva en ese amor inmenso de Cristo nos comunica energía indomable para estar siempre amando mientras peregrinamos. Ni la tribulación, ni el hambre, ni la espada pueden separarnos de Cristo (Rom 8,35).
Lo que estimula al Apóstol es el estar convencido de que Cristo le ama. “Me amó y se entregó a la muerte por mí” (Gál 2,20). Tan honda convicción le arrebata. Ya no quiere vivir más para él, sino para Aquel que dio su vida por él… “El amor de Cristo nos empuja” (2 Cor 5,14).
Y añade: “Por eso me entregaré gustosísimo por Él, y con gozo me consumiré sin escatimar nada. Me entregaré por las almas que son su conquista” (2 Cor 12,15)… Su obra gigantesca se explica por su amor a Cristo.
Si una vez nos hace el Señor merced…
Nada impulsa tanto a amar como el sentirse amado. “Cuantas veces pensemos en Jesucristo —dice Santa Teresa— acordémonos del amor que nos tiene al colmarnos de beneficios, pues el amor pide correspondencia de amor” (Vida, 22).
La divisa de las almas grandes
Alborea el siglo XIX. El P. Verín pregunta en París a Santa Magdalena Sofía Barat y sus compañeras cuál habría de ser la divisa de la agrupación que creaban. La respuesta es unánime: “La generosidad. El Corazón de Jesús no quiere sino almas grandes”.
Los creyentes debemos ser valientes, nunca mediocres. “El fuego de la caridad nos mueve a unirnos más a Ti y a reconocerte presente en nuestros hermanos”, pediremos en la Misa.
Renunciar al egoísmo nada nos costará y percibiremos la verdad de Sta. Teresa: “Si una vez nos hace el Señor merced que se nos imprima en el corazón el amor a Cristo, sernos ha todo fácil, y obraremos muy en breve y muy sin trabajo” (Vida, 22).
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Puerta para mirar las hermosuras…
María al pie de la Cruz. Me lo dice el Evangelio… Contemplo a Jesús Crucificado. A su lado, la Virgen… Ella quiere meterme en el Corazón de Jesús. Un soldado abre con la lanza Su costado y queda al descubierto ese Corazón que tanto nos ama…
“Abrió Su costado…” (Jn 19,34). Ese costado en que Juan había reclinado su cabeza y percibido los latidos íntimos de Su Corazón.
“Cristo, Señor, se entregó con amor admirable por nosotros. Clavado en la Cruz…, hizo que brotaran los Sacramentos de la Iglesia…”, diremos en el Prefacio.
Nos recuerdan las palabras de Juan de Ávila: “Permitió fuese abierto Su Corazón para que como puerta abierta, los hombres se moviesen a entrar por ella para mirar las hermosuras que contiene…”.
Cimentados y arraigados en el Amor
De ese manantial de amor brotan todos los beneficios que me inundan. Amor que me crea dándome la vida y me regala sesenta veces cada minuto. Se me asemeja haciéndose hombre. Se ofrece para salvarme. En la Eucaristía se queda conmigo. Por la gracia, vive en mí.
El lenguaje de la misericordia
Santo Tomás tiene razón: “Naciendo se hace mi hermano, alimentándome mi festín, muriendo precio de mi rescate y reinando mi premio”.
La misericordia es la bondad de Dios en contacto con nuestra miseria. Por eso nuestros fallos e impotencias, lejos de entristecernos, deben alegrarnos. Con ellos alumbramos la misericordia de Dios. Son “su trono” (S. Francisco de Sales).
Cataratas de misericordias y gracias brotan impetuosas del Corazón de Cristo. Nos anegan como aguas que se precipitan desde las alturas por quebradas y torrenteras…
“Nos acerquemos y podamos beber con gozo de las fuentes de la salvación” (Prefacio). Dios Padre nos regala, en Su Corazón herido por nuestros pecados, infinitos tesoros de amor (oración colecta). Quiere Pablo que Cristo more por la fe en nuestros corazones, y que seamos agradecidos: “Cimentados y enraizados en el amor” (Ef 3,17).
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Dios de mi cuna, sed el Dios de mi tumba
“Los designios de Su Corazón, saltando de generación en generación para librar sus vidas de la muerte y saciarlos en tiempo de hambre”.
Así empieza la Misa glosando el salmo 33… Su Corazón pensando en mí desde toda la eternidad… Escruta cada uno de los momentos de mi vida. Los colma de amor para arrastrarme al cielo y apagar mi sed de felicidad.
He hallado el Corazón de mi Rey, de mi Hermano, de mi Amigo (S. Buenaventura). En cada fase de mi vida me ha ido envolviendo en las espirales de Su Amor. “Dios de mi cuna —te diré con Lamartine—, sed el Dios de mi tumba…”
Cargad con Mi yugo…
Simplifiquemos nuestra vida espiritual. Al principio creemos que consiste en una monótona sucesión de actos de virtud, penitencia, oración. Imaginamos una obra de marquetería con innumerables piezas.
Pero cuando el amor de Cristo surge, se hace la síntesis. Como en matemáticas, donde largas demostraciones se encierran en una fórmula breve, comprensiva.
Así, nuestra vida espiritual va reduciéndose al axioma de Agustín: “Ama, y haz lo que quieras, porque sólo harás lo que el Amor, Dios, te dicte”.
Amor que resume todo
El amor a Cristo es ese comprimido poderoso. La multitud de rosas concentran su fragancia en un diminuto frasco. Ese perfume es el amor de Cristo. Lo resume todo: Evangelio, Virgen, sacramentos, gracia, gloria.
“In Cristo Iesu”: fórmula crucial en los escritos neotestamentarios. Pablo y Juan la repiten una y otra vez: 164 veces en uno, 24 en otro.
¡Corazón de Cristo, descanso y paz para los que luchan!
Cristo–Dios es la patria hacia la que tendemos. Cristo–Hombre, el camino por donde marchamos… “Cargad con Mi yugo, y aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón”, cantaremos en el Aleluya…
Los miserables son los mejor acogidos
Las promesas del Corazón de Jesús a Santa Margarita se cumplirán sobre todos. Almas tibias se harán fervorosas, fervientes llegarán a la santidad, y las almas apostólicas convertirán los pecadores más endurecidos…
Confianza ilimitada. “Hay que sufrir muchas imperfecciones para llegar a la perfección” (San Francisco de Sales).
Puedo llegar a la santidad si me consagro al Corazón de Cristo. Él lo hará todo: “Fuera de Mí nada podéis hacer” (Jn 15,5).
Gemma Galgani, al abandonar el monasterio, escucha una voz: “Anímate, cobra ánimo, olvida todo. Entrégate a Jesús sin reserva… El Corazón de Jesús es trono de misericordia, donde los miserables son los mejor acogidos”.
¿Quién no amará a ese Corazón Divino…?
El cristiano sigue el consejo de San Agustín: “Revolve pedes, manus, sed involve Cor”.
Contempla a Cristo en la Cruz, revoloteando alrededor de pies y manos ensangrentados, pero anida en Su Corazón amante. Gemma Galgani: “¡Qué alegría se experimenta al abandonarse totalmente en brazos de Jesús! ¡Se está tan bien con Jesús a solas…!” Ese Corazón fue abierto, no traspasado, “para que quien entre, ya no salga” (S. Buenaventura).






