Artículo publicado (en la revista Alcor) con motivo de la declaración de venerable del padre Tomás Morales en enero de 2018. Por Laureano Yubero de I. S. Stabat Mater
En este año en que la Iglesia ha reconocido las virtudes heroicas del padre Tomás Morales, dos sentimientos brotan espontáneos en sus hijos espirituales: agradecimiento y deseos de mayor fidelidad al legado recibido. Laureano Yubero, que estuvo a su lado varias décadas, nos comenta en este artículo su primer encuentro con el Padre, incluso la impaciencia por conocerlo, fruto de la admiración que suscitaron en él los jóvenes residentes del Hogar formados por el Padre.
Yo era uno más de tantos jóvenes que, procedentes de las zonas rurales de la geografía española, marchaban a la ciudad en búsqueda de empleo. En mi caso, la elección fue Madrid, donde fui contratado como interino en Correos. Era el primer año que estaba fuera del ambiente familiar y en contacto con otros jóvenes; mi primera Navidad la viví tan vacía como tantos otros.
Lo que cautivaba del Padre era su permanentemente unión con Dios.
En consecuencia, el desencanto que experimenté después fue tal que sentí la necesidad de un ambiente que pudiera satisfacer los anhelos que la Virgen ponía en mi corazón, en sintonía con lo que había vivido en el seno de mi familia.

Estilo de vida
Pronto la Providencia puso en mi camino a un joven trabajador con el que comenté las dificultades que tenía en la pensión. Enseguida me habló de la residencia del Hogar del Empleado, en la que vivía, y estaba encantado. Hice las gestiones correspondientes y en menos de un mes me trasladé a esa residencia.
Fue así como pude conocer y entrar en relación con el padre Morales, iniciador precisamente de la gran obra del Hogar del Empleado. Mi interés por conocerle aumentó al descubrir a ese pequeño grupo de residentes que tenía una forma de comportarse muy distinta a la de los demás.
Me preguntaba por qué me atraía tanto esta forma de vivir. Me dijeron que era el estilo de vida que se aprendía en el curso de formación que cada año impartía, durante unos meses, el padre Morales en Cantabria, a orillas del mar, en Comillas, donde la Compañía de Jesús tenía entonces la Universidad.

Un sábado del mes de agosto —día de la Virgen tenía que ser— celebró la misa un sacerdote predicó una vibrante homilía. ¿Sería éste el padre Morales? —me preguntaba. A la salida me confirmaron que sí. Y como mostré interés por saludarle, enseguida me invitaron a visitarle ese mismo día, por la tarde, en su despacho de la residencia.
Intimidad divina
A la hora indicada me presenté en su despacho y le manifesté mi deseo de participar en el próximo cursillo de formación en Comillas. Pero le expliqué que tenía la dificultad de que en marzo debía incorporarme al servicio militar.
El padre Morales desde el primer momento fue para mí, y sin duda para muchos otros, un maestro y un padre.
El Padre, siempre acogedor y con su gran sentido práctico, allí mismo marcó un número de teléfono —seguramente el de un alto cargo del Ejército— y delante de mí comentó que tenía un novicio que necesitaba demorar un año la incorporación al servicio militar. Finalizada la conversación telefónica, me despidió invitándome a encomendar el asunto a la Virgen y a volver a verle pasados unos días.
A la semana siguiente, al verle de nuevo en su despacho, me dijo: «Se ve que has rezado mucho, ya que las cosas parecen que se van a solucionar».

Me encomendó que fuera de su parte a llevar al Coronel X la documentación correspondiente para la concesión de la prórroga, que ya estaba concedida. En consecuencia, podía participar en el próximo cursillo de formación.
Con todo esto, el Padre me conquistó de tal manera que no dudé ni un momento en abandonar el puesto de trabajo y, confiando en la Providencia, ponerme del todo en sus manos. Con el tiempo descubrí que lo que cautivaba del Padre era su permanente unión con Dios.
Esa intimidad divina le permitía hacer compatibles las exigencias de hijo fiel de san Ignacio con una actividad apostólica arrolladora.
Maestro y padre
El Padre estaba convencido de que el mejor medio para la evangelización era la formación de minorías de cristianos que, coherentes con su bautismo, se entregaran con ilusión a la conquista de sus compañeros, siempre fiel al principio del filósofo francés Lavelle: «El mayor bien que hacemos a los demás no es comunicarles nuestras riquezas, sino descubrirles las suyas».
Bajo la dirección del padre Morales, ese grupo de jóvenes que habían descubierto a Jesucristo en los Ejercicios Espirituales ignacianos pusieron en marcha una serie de obras de carácter social muy acorde con las necesidades del momento: residencias para jóvenes trabajadores, una constructora de viviendas, la Cooperativa de Bienestar Popular, un sanatorio antituberculoso en Guadarrama, centros de formación y deportivos, y un largo etcétera.
Era el movimiento del Hogar del Empleado, una obra sorprendente por su extensión, por la calidad de sus servicios humanos y caritativos, y sobre todo por la entrega de cientos de hombres que generosamente se involucraron con gran desprendimiento y provecho personal.
Como resumen, puedo decir que el padre Morales, desde el primer momento, fue para mí —y sin duda para muchos otros— un maestro y un padre. Entendía muy bien, y lo hacía vida, lo que Benedicto XVI diría años después a un grupo de obispos: «Los jóvenes necesitan maestros sabios, pastores santos y guías que enseñan con el ejemplo».





