Por la Señal
De la santa cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Oración inicial para todos los días
Poderosísima y buenísima Madre mía, Se acerca el día de tu Concepción Inmaculada. Quiero pedirte un milagro, uno de esos que tanto te gusta realizar.
Deseo ardientemente, Madre querida, entrar en el camino de la santidad. ¡Condúceme tú! Quiero hacerme humilde y pequeño en brazos de Dios, consciente de mi debilidad, confiado hasta la audacia en su bondad de Padre.
Enséñame a conservar el corazón desprendido de cosas y afectos de la tierra; a vivir en perfecto olvido de mí mismo. Dame, Madre, la santidad ambiciosa que te pido, sencilla y alegre como la tuya, santidad contagiosa que arrastre hacia ti nuevos hijos en alegría desbordante.
Enséñame a cumplir, con tu dulce Nombre siempre en el corazón, mis humildes obligaciones de cada día; a aceptar sonriendo sufrimientos pequeños o grandes, pasajeros o persistentes, por amor a ese Dios que me ama con exceso.
Toda hermosa eres, María, y no hay en ti mancha de pecado. Así quieres también a tus hijos: santos e inmaculados en Cristo Jesús, para alabanza del Padre de los cielos.
Haznos santos, todo, solo, siempre de Dios. Arráncanos de la tierra y arrástranos al cielo. Así sea.
TE PUEDE INTERESAR: VIGILIA DE LA INMACULADA EN MADRID 2025
Meditación para cada día: Toda, sola, siempre de Dios
Llenos de emoción contemplamos hoy a la Virgen Pura e Inmaculada. Una sonrisa de amor con reflejos de cielo y claridades de aurora, flota por encima de un mundo materializado. Su belleza nos deslumbra, su gracia nos cautiva. El misterio de la pureza y de la fecundidad abisman al contemplarla…
Alegría en la batalla, esperanza en un triunfo cierto, es María para nosotros. Se dilatan los corazones… La Iglesia militante peregrina y crucificada, cada uno de nosotros, suspira en los ardores del combate por María. Sonreímos anhelantes esperando un cielo que la Inmaculada preludia con su deslumbrante pureza.
¡Madre querida! Arráncanos de la tierra, arrástranos al cielo… Tú, toda, sola, siempre de Dios, inúndanos de alegría. Derrama toneladas de pureza y generosidad en niñez y juventud, en el mundo entero. Símbolo de lucha. Dios y Belial se enfrentan en ti. ¿Quién triunfará? El trofeo de victoria te corresponderá.
“Toda hermosa eres, amada Mía, y no hay en ti mancha…” (Cant 4,7). Tú la triunfadora en mil batallas. Aplastas con tu planta soberana la cabeza del “enorme dragón rojo con siete cabezas, diez cuernos y siete diademas” (Ap 12,3). Derrotas a nuestro común enemigo. Ni por un momento se adueñó de ti, pues eres Inmaculada desde el primer instante. Tú, entre todos los mortales, disfrutas privilegio único. Las aguas encenagadas del primer pecado no te anegan en sus ondas. Sí, toda hermosa eres, María, y no hay en ti mancha original.
Un eco suavísimo resuena en el corazón al pronunciar este día las palabras del ángel: “Dios te salve, María. Llena de gracia…” (Lc 1,28). El misterio de la eterna calma y de la eterna virginidad. Pura, intacta, incontaminada. Tus hijos a una cantan tus glorias y se regocijan en la más grande e íntima de tus fiestas.
“Dios te salve, María, llena de gracia… Toda hermosa eres, María, y no hay en ti mancha original.”
Símbolo de lucha, trofeo de victoria también para nosotros tus hijos. Tú combates en nosotros, tú triunfas de la materia, tú derrotas la carne, arruinas el mundo, desarmas a Lucifer. Hoy como ayer, sigues escribiendo en la tierra tu historia incomparable de Virgen la más pura, de Madre la más fecunda.
Sigues triunfando del cuerpo y afirmando la primacía del espíritu en tus hijos. Pasan imperios, teorías, mundos enteros, pero tú quedas en pie.
Oración final
Dios te salve, María, llena de gracia y bendita más que todas las mujeres. Virgen singular, Virgen soberana y perfecta, elegida por Madre de Dios y preservada por ello de toda culpa desde el primer instante de tu Concepción.
A Ti, purísima Madre, venimos confiados y suplicantes en esta novena, para rogarte que nos concedas la gracia de ser verdaderos hijos tuyos y de tu Hijo Jesucristo, libres de toda mancha de pecado.
Acuérdate, Virgen Santísima, que jamás se ha oído decir que ni uno solo de cuantos han acudido a tu protección, implorado tu socorro, haya sido desamparado de Ti. No me dejes, pues, a mí tampoco, porque si me dejas me perderé; que yo tampoco quiero dejarte a Ti, antes bien, cada día quiero crecer más en tu verdadera devoción.
Alcánzame principalmente estas tres gracias que te pido:
- La primera, no cometer jamás un pecado mortal.
- La segunda, un grande aprecio de la virtud cristiana.
- La tercera, una buena muerte.
Dame, además, la gracia particular que te pido en esta novena (este momento de silencio hacemos esa petición especial a la Virgen que deseamos obtener).
Ave María
Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo. Bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.
Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
Gloria
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
Magníficat
Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.
A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, –como lo había prometido a nuestros padres– en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.






