La Gran Novena a la Virgen Inmaculada | Día 8

Por la Señal

De la santa cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Oración inicial para todos los días

Poderosísima y buenísima Madre mía, Se acerca el día de tu Concepción Inmaculada. Quiero pedirte un milagro, uno de esos que tanto te gusta realizar.

Deseo ardientemente, Madre querida, entrar en el camino de la santidad. ¡Condúceme tú! Quiero hacerme humilde y pequeño en brazos de Dios, consciente de mi debilidad, confiado hasta la audacia en su bondad de Padre.

Enséñame a conservar el corazón desprendido de cosas y afectos de la tierra; a vivir en perfecto olvido de mí mismo. Dame, Madre, la santidad ambiciosa que te pido, sencilla y alegre como la tuya, santidad contagiosa que arrastre hacia ti nuevos hijos en alegría desbordante.

Enséñame a cumplir, con tu dulce Nombre siempre en el corazón, mis humildes obligaciones de cada día; a aceptar sonriendo sufrimientos pequeños o grandes, pasajeros o persistentes, por amor a ese Dios que me ama con exceso.

Toda hermosa eres, María, y no hay en ti mancha de pecado. Así quieres también a tus hijos: santos e inmaculados en Cristo Jesús, para alabanza del Padre de los cielos.

Haznos santos, todo, solo, siempre de Dios. Arráncanos de la tierra y arrástranos al cielo. Así sea.

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Meditación para cada día: Madre querida, ¡arráncanos de la tierra, arrástranos al cielo!

Arráncanos de la tierra, Madre, para que no nos seduzca la apariencia halagadora de sus engaños. Bajo blandas flores se esconden crudas espinas; tras semblantes de placeres laten dolores; y en cada gozo del mundo se ocultan raíces de sufrimiento.

Arrástranos al cielo, para que el ánimo se deleite con la grandeza de los premios y no se abata en el combate de los trabajos (San Gregorio Nacianceno).

Haz que pasemos por la tierra sembrando rosales de poesía, esperanza y consuelo. Alegría, nostalgia y confianza son los sentimientos que despierta en el alma el triunfo de María en su gloriosa Asunción. Una alegría inmensa nos invade al verla desprenderse de la tierra y penetrar suavemente en los cielos: nubes azuladas, mirada elevada, manos cruzadas sobre el pecho, perfume de nardos y azucenas. Así la pintan los artistas, así debemos contemplarla mientras repetimos con toda la Iglesia: “Arráncanos de la tierra, donde estamos de paso. Arrástranos al cielo, la patria eterna.”

Una dulce añoranza del cielo nos envuelve al ver subir a María. El corazón se va tras Ella. No queremos seguir viviendo separados de nuestra Madre: la Virgen tira de nuestras almas con fuerza irresistible. Suspiramos con más vehemencia por la patria celestial.

Una certidumbre inconmovible se adueña de nosotros: sí, Ella nos llevará al cielo. María nos salvará después de tantas zozobras, angustias, tentaciones y trabajos. Todo terminará. El alma, ávida de Dios, gozará de Él por siempre y para siempre, dando gracias a la Virgen por rosarios de siglos.

Prendidos entre los pliegues de su manto, aterrizaremos en las alturas. “Que sólo quiero, asido de tu manto, volar al cielo.”

Oración final

Dios te salve, María, llena de gracia y bendita más que todas las mujeres. Virgen singular, Virgen soberana y perfecta, elegida por Madre de Dios y preservada por ello de toda culpa desde el primer instante de tu Concepción.

A Ti, purísima Madre, venimos confiados y suplicantes en esta novena, para rogarte que nos concedas la gracia de ser verdaderos hijos tuyos y de tu Hijo Jesucristo, libres de toda mancha de pecado.

Acuérdate, Virgen Santísima, que jamás se ha oído decir que ni uno solo de cuantos han acudido a tu protección, implorado tu socorro, haya sido desamparado de Ti. No me dejes, pues, a mí tampoco, porque si me dejas me perderé; que yo tampoco quiero dejarte a Ti, antes bien, cada día quiero crecer más en tu verdadera devoción.

Alcánzame principalmente estas tres gracias que te pido:

  • La primera, no cometer jamás un pecado mortal.
  • La segunda, un grande aprecio de la virtud cristiana.
  • La tercera, una buena muerte.

Dame, además, la gracia particular que te pido en esta novena (este momento de silencio hacemos esa petición especial a la Virgen que deseamos obtener).

Ave María

Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo. Bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Gloria

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Magníficat

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, –como lo había prometido a nuestros padres– en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.

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