La Gran Novena a la Virgen Inmaculada | Día 5

Por la Señal

De la santa cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Oración inicial para todos los días

Poderosísima y buenísima Madre mía, Se acerca el día de tu Concepción Inmaculada. Quiero pedirte un milagro, uno de esos que tanto te gusta realizar.

Deseo ardientemente, Madre querida, entrar en el camino de la santidad. ¡Condúceme tú! Quiero hacerme humilde y pequeño en brazos de Dios, consciente de mi debilidad, confiado hasta la audacia en su bondad de Padre.

Enséñame a conservar el corazón desprendido de cosas y afectos de la tierra; a vivir en perfecto olvido de mí mismo. Dame, Madre, la santidad ambiciosa que te pido, sencilla y alegre como la tuya, santidad contagiosa que arrastre hacia ti nuevos hijos en alegría desbordante.

Enséñame a cumplir, con tu dulce Nombre siempre en el corazón, mis humildes obligaciones de cada día; a aceptar sonriendo sufrimientos pequeños o grandes, pasajeros o persistentes, por amor a ese Dios que me ama con exceso.

Toda hermosa eres, María, y no hay en ti mancha de pecado. Así quieres también a tus hijos: santos e inmaculados en Cristo Jesús, para alabanza del Padre de los cielos.

Haznos santos, todo, solo, siempre de Dios. Arráncanos de la tierra y arrástranos al cielo. Así sea.

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Meditación para cada día: Te quiero, me ofrezco, ayúdame

Te quiero, Madre. ¡Bendita entre todas las mujeres! Visitas hoy la tierra de mi corazón, lo embriagas de amor, multiplicas sus riquezas (cf. Sal 64,10). Te quiero. “Dios te salve, María”. Mi corazón se enternece de amor al verte descender del cielo en estos días para consolarme. Me repites dieciocho veces que me quieres, que no me dejarás hasta verme en el cielo. Te quiero, y quiero quererte más, enamorarme de ti, pues la única medida para amarte es amarte sin medida, como me enseña S. Bernardo.

Me ofrezco. Te apareces en Lourdes dieciocho veces pidiendo santidad conquistadora. Quieres almas que se ofrezcan para que los pecadores se conviertan, la juventud se salve. Tu mensaje es de santidad y conquista por un mundo nuevo.

Me ofrezco, Madre. Quiero ofrendarte esa santidad conquistadora labrada con penitencia, en perfecto olvido propio por mis hermanos. Penitencia por los pecadores. En la sexta de tus apariciones, domingo 21 de febrero, Bernardita escucha unas palabras que la obsesionarán toda la vida: “Apartando de mí su mirada, la dirigió a lo lejos, por encima de mi cabeza. Enseguida, volviéndola sobre mí, me dijo: ‘Ruega a Dios por los pecadores'”.

Te quiero, me ofrezco. Ayúdame. Sobre todo esto, ayúdame. Soy la debilidad andando, caigo mil veces en el camino del Evangelio. Ayúdame. Te pido un milagro. Sí, uno de esos milagros que tanto te gusta conceder. Esa cascada de curaciones en Lourdes que todavía no ha cesado me llena de confianza. Quiero entrar por el camino de la santidad, sencilla y alegre como la tuya. Ayúdame, eres todopoderosa, la omnipotencia suplicante, la Inmaculada Concepción. Dame tu poderosa mano para escalar al cielo.

Cuando en la primera aparición la Virgen invitaba a Bernardita a acercarse, la niña no se atrevía: “No es que tuviese miedo, pues el miedo nos hace huir, y yo me hubiera quedado mirándola toda la vida”. Es nuestra actitud: mirarla toda la vida, amarla con locura para convertirnos en sus manos visibles, repartiendo sus regalos a nuestros hermanos.

Oración final

Dios te salve, María, llena de gracia y bendita más que todas las mujeres. Virgen singular, Virgen soberana y perfecta, elegida por Madre de Dios y preservada por ello de toda culpa desde el primer instante de tu Concepción.

A Ti, purísima Madre, venimos confiados y suplicantes en esta novena, para rogarte que nos concedas la gracia de ser verdaderos hijos tuyos y de tu Hijo Jesucristo, libres de toda mancha de pecado.

Acuérdate, Virgen Santísima, que jamás se ha oído decir que ni uno solo de cuantos han acudido a tu protección, implorado tu socorro, haya sido desamparado de Ti. No me dejes, pues, a mí tampoco, porque si me dejas me perderé; que yo tampoco quiero dejarte a Ti, antes bien, cada día quiero crecer más en tu verdadera devoción.

Alcánzame principalmente estas tres gracias que te pido:

  • La primera, no cometer jamás un pecado mortal.
  • La segunda, un grande aprecio de la virtud cristiana.
  • La tercera, una buena muerte.

Dame, además, la gracia particular que te pido en esta novena (este momento de silencio hacemos esa petición especial a la Virgen que deseamos obtener).

Ave María

Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo. Bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Gloria

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Magníficat

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, –como lo había prometido a nuestros padres– en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.

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