La Gran Novena a la Virgen Inmaculada | Día 3

Por la Señal

De la santa cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Oración inicial para todos los días

Poderosísima y buenísima Madre mía, Se acerca el día de tu Concepción Inmaculada. Quiero pedirte un milagro, uno de esos que tanto te gusta realizar.

Deseo ardientemente, Madre querida, entrar en el camino de la santidad. ¡Condúceme tú! Quiero hacerme humilde y pequeño en brazos de Dios, consciente de mi debilidad, confiado hasta la audacia en su bondad de Padre.

Enséñame a conservar el corazón desprendido de cosas y afectos de la tierra; a vivir en perfecto olvido de mí mismo. Dame, Madre, la santidad ambiciosa que te pido, sencilla y alegre como la tuya, santidad contagiosa que arrastre hacia ti nuevos hijos en alegría desbordante.

Enséñame a cumplir, con tu dulce Nombre siempre en el corazón, mis humildes obligaciones de cada día; a aceptar sonriendo sufrimientos pequeños o grandes, pasajeros o persistentes, por amor a ese Dios que me ama con exceso.

Toda hermosa eres, María, y no hay en ti mancha de pecado. Así quieres también a tus hijos: santos e inmaculados en Cristo Jesús, para alabanza del Padre de los cielos.

Haznos santos, todo, solo, siempre de Dios. Arráncanos de la tierra y arrástranos al cielo. Así sea.

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Meditación para cada día: Engrandece mi alma al Señor

Empieza a atronar el mundo, para no apagarse nunca, el eco de las palabras del ángel en la Anunciación: “Bendita entre todas las mujeres”. Juan Bautista viene así a ser, al mismo tiempo, heraldo de Cristo y pregonero de las grandezas de su Madre. “Dichosa tú que creíste, porque tendrán cumplimiento las cosas que te han sido dichas de parte del Señor…” La fe de María, ensalzada por Isabel, alienta nuestra esperanza. También en nosotros se cumplirán las promesas del Señor, si acertamos a creer como Ella.

Dijo María: “Engrandece mi alma al Señor…” Ahora, después de los prodigios de santidad y gracia, después de las palabras jubilosas de Isabel, lo más íntimo y suave del día de la Visitación. María entra en éxtasis. “Éxtasis de la humildad”, llama Francisco de Sales al Magníficat. Éxtasis también de amor, podríamos añadir. La Virgen, humildad y amor desbordantes, se siente transportada al cielo. Entona su maravilloso cántico.

El gozo de la Encarnación la hace gigante: “Engrandece mi alma al Señor y se regocija mi espíritu en Dios, mi Salvador”. Se vuelca en Dios sin fijarse en Ella. Un cántico de gratitud inventa la Virgen en aquel momento sublime. La Iglesia lo hará repetir todos los días en Vísperas. Es acción de gracias por los beneficios recibidos: “Miró la bajeza de su esclava e hizo en mí grandes cosas el que es Poderoso”.

Mira la Virgen su propia hermosura. Se extasía al contemplar la epopeya de amor iniciada con la santificación de Juan. Se siente, más que nunca, Madre de las almas, misionera del amor, y todo lo atribuye a Dios: “Hizo en mí grandes cosas el que es Poderoso”.

Es el éxtasis de la humildad, y también del amor. Pero, además, el Magníficat es el cántico de la alegría y de la confianza invencible en el poder de Dios. Con él, Ella estrena en el mundo su papel maravilloso de Madre de todos los hombres. Ella, la llena de santa audacia, de una fuerza desconocida a la naturaleza, llevará adelante la Redención en el mundo. La seguridad que tiene de actuar en nombre de Dios le da esa fortaleza admirable con que cumple su misión.

Oración final

Dios te salve, María, llena de gracia y bendita más que todas las mujeres. Virgen singular, Virgen soberana y perfecta, elegida por Madre de Dios y preservada por ello de toda culpa desde el primer instante de tu Concepción.

A Ti, purísima Madre, venimos confiados y suplicantes en esta novena, para rogarte que nos concedas la gracia de ser verdaderos hijos tuyos y de tu Hijo Jesucristo, libres de toda mancha de pecado.

Acuérdate, Virgen Santísima, que jamás se ha oído decir que ni uno solo de cuantos han acudido a tu protección, implorado tu socorro, haya sido desamparado de Ti. No me dejes, pues, a mí tampoco, porque si me dejas me perderé; que yo tampoco quiero dejarte a Ti, antes bien, cada día quiero crecer más en tu verdadera devoción.

Alcánzame principalmente estas tres gracias que te pido:

  • La primera, no cometer jamás un pecado mortal.
  • La segunda, un grande aprecio de la virtud cristiana.
  • La tercera, una buena muerte.

Dame, además, la gracia particular que te pido en esta novena (este momento de silencio hacemos esa petición especial a la Virgen que deseamos obtener).

Ave María

Dios te salve, María, llena eres de gracia; el Señor es contigo. Bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Gloria

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Magníficat

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, –como lo había prometido a nuestros padres– en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.

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