La espiritualidad del momento presente no es solo una práctica de recogimiento interior, sino un camino real hacia la santidad cotidiana. En medio de un mundo agitado y disperso, vivir intensamente el ahora —con sencillez, confianza y entrega— es abrazar a Dios tal como se nos manifiesta: en lo concreto, en lo pequeño, en lo invisible.
El ejemplo del buen ladrón
Hay que guardar un punto difícil de equilibrio inestable entre dos extremos: ni demasiado entusiasmo que impide la presencia de Dios, ni demasiada apatía que también la oculta.
Hay que imitar al buen ladrón: va a morir y no mira a su vida pasada más que para apartar con dolor sus ojos de ella. Tampoco mira al futuro, ya no lo tenía. Se abraza con su doloroso momento presente. Lo ofrece en satisfacción de sus pecados. Responde a la gracia actual. Pide a Jesús que se acuerde de Él cuando esté en su Reino. Consecuencia: justificación inmediata y puertas del cielo que se abren.
Entran ansias de Dios, de momento presente, después de vivir horas de agitación estéril que te dejan vacío.
¡Qué santidad alcanzaríamos viviendo sólo el momento presente!
La gente se dice incapaz de vivirlo porque ataca la pereza y no quiere luchar. La consecuencia es clara: esclavitud de la imaginación y del sentimiento porque falta la libertad necesaria para encerrarse en el momento presente y así tocar la felicidad e inundarse de paz.
Roca, no corcho
Hay que aprender a aparcar en el momento presente. Sólo ahí te sitúas en órbita. Fuera, en el barullo de la circulación, en la estéril y loca agitación sentimental o imaginativa, estás desplazado. Sé roca, no corcho. No te muevas. Mantente firme en el flujo y reflujo de la marea.
El alma encuentra, en la gracia del momento presente, a Jesús viviente. Se le ofrece oculto en la obra que realiza. Trabaja con ella, la consuela, la sostiene. Ama en ella al Padre. Se ofrece con y en ella por la salvación de las almas. Adora en silencio, da gracias con corazón dilatado, pide dones para el mundo.
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Esta es la mejor manera de unirnos e identificarnos con Jesús. Así nuestro corazón se une al de Cristo, buscamos sólo su propio querer, su voluntad divina, sintiéndonos impulsados a conformarnos en todo con el beneplácito divino, escuchando la Palabra silenciosa que habla sin ruido… Son gracias actuales frecuentes, como lluvia del cielo que fecundan sin cesar el alma; inspiraciones divinas que hacen imborrable el sello del abrazo del Dulce huésped del alma.
Nuestro corazón puede permanecer así mucho tiempo, embalsamado con el perfume de la visitación celestial, hasta sentirse muy cerquita de la Virgen, hijo del Padre, hermano de Jesús.
Se cuenta de Santa Gertrudis que un día llegó retrasada al refectorio en el convento. No encontró ni restos de comida. Abre el armario, busca un cacho de pan… Y en ese instante tan prosaico, el Señor la invade con su luz, la sumerge en Él, cae en éxtasis. Como vivía el momento presente, hacía Nazaret de cada instante, Jesús le regala esta gracia. Era contemplativa en la acción. Imitaba a los solitarios, pequeñitos y silenciosos de Nazaret, la minúscula aldea de Galilea.
Hacer “ese poquito” influye en toda la Iglesia
Vivir el momento presente es «hacer ese poquito» (Santa Teresa), que yo puedo para ayudar a la Iglesia, al mundo. Así lo vivía la gran santa. Su actitud, la única postura lógica, hoy y siempre, ante un mundo casi ateo.
«En este tiempo vinieron a mi noticia los daños de Francia y el estrago que habían hecho estos luteranos…»
(Camino de perfección, cap. 1)
Vivir el ahora, es “hacer eso poquito que hay en mí…, vivir las virtudes evangélicas con la mayor perfección posible, ser fieles a la oración…”
El momento presente vivido con fidelidad, repercute infalible y seguro en toda la Iglesia. Tiene influencia cósmica, universal, para ayudar a las almas a triunfar de sus enemigos.
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La Virgen, ayuda poderosa
A veces te sentirás incapaz de vivir el presente. Esclavo del binomio temible y tiránico, «imaginación-sentimiento», te privarás de libertad para encerrarte en el instante actual, tocar la felicidad, inundarte de paz. No temas. Recurre a María, mira la Estrella.
Rafael María Meysson, dominico, recitaba a cada hora del día un misterio del Rosario. Luego lo vivía durante la hora. Había descubierto en la Virgen el camino para vivir el momento presente.
Para imitarle, necesitamos esa gracia actual que pedimos al decir «ruega por nosotros ahora». Es la gracia de eternizar cada segundo. Si al decir ahora estamos distraídos, María no lo está. Nos da la energía, eleva el voltaje del alma. Si nos hacemos rosario viviente, la Virgen nos transforma, vive Nazaret. No te lamentarás diciendo: «Soy incapaz de vivir el momento presente». Te alegrarás repitiendo: «Soy incapaz de vivir fuera del momento presente».
«Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos»
(Mt 18,2)






