Meditación para el miércoles de la IV semana de Cuaresma
En este ecuador de nuestra preparación cuaresmal, la liturgia de hoy nos detiene ante una de las revelaciones más conmovedoras de la Sagrada Escritura. Al acercarnos a la Pascua, la Palabra nos invita a confrontar nuestra fragilidad con la solidez del amor divino.
El Dios que no sabe olvidar
En la primera lectura, el profeta Isaías consuela al pueblo exiliado en Babilonia con una promesa que desafía toda lógica humana. Ante el sentimiento de abandono de Israel, Dios responde con una pregunta que llega a lo más profundo del instinto humano: «¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta? Pues aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré».
El amor de Dios no es un concepto abstracto o jurídico; es una ternura visceral. Utilizando el icono del amor materno, la Escritura nos revela que Dios no es un juez implacable ni un motor lejano, sino un Padre solícito, cuya fidelidad es perenne a pesar de nuestras propias infidelidades. Como bien rezamos hoy en el Salmo 144:
El Señor es clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad… El Señor sostiene a los que van a caer y endereza a los que ya se doblan.
El hijo que actúa con el Padre
Esta misericordia del Antiguo Testamento cobra rostro y urgencia en el Evangelio. Tras el milagro en la piscina de Betesda, Jesús se defiende de quienes le acusan de quebrantar el sábado con una frase de una densidad teológica abismal: «Mi Padre sigue actuando y yo también actúo».
Cristo no actúa por cuenta propia; Él es el reflejo perfecto de la mirada del Padre sobre la existencia humana.
- Él estaba allí cuando la vida brotó de las manos del Creador.
- Él estaba allí en la alianza con Noé y en el sacrificio de Abraham.
- Él está aquí ahora para comunicar vida al alma muerta por el pecado.
Jesús nos recuerda que nadie está excluido de esta invitación a la vida. Su poder para curar al paralítico no es solo un gesto de “buen corazón”, sino el signo de que Él es el Señor de la Vida, aquel que viene a resucitar lo que en nosotros se ha marchitado.
La alegría de ser hijos en el Hijo
Aún resuenan en nuestra liturgia los ecos del Domingo Laetare. La alegría de la Cuaresma no nace de nuestras fuerzas, sino de la conciencia de nuestra filiación divina. Ser “hijos en el Hijo” es el tesoro secreto que nos sostiene en la fatiga diaria y en el esfuerzo de la conversión.
Para nuestra oración personal hoy, preguntémonos:
- ¿Creemos de verdad que Jesús puede curarnos y comunicarnos su vida, incluso en nuestras áreas más “paralizadas”?
- ¿Sentimos ese amor de Dios que es más fuerte que el de una madre por su hijo, o seguimos viendo a Dios como un juez lejano?
Que la Virgen María, nuestra Madre, nos enseñe a abandonarnos confiadamente en las manos del Padre. Que en esta cuenta atrás hacia la Pascua, el Espíritu Santo nos otorgue la gracia de una conversión sincera para vivir, por fin, en plenitud.







