Pintura del Bautismo de Jesús por Bartolomé Esteban Murillo, representando a San Juan Bautista vertiendo agua sobre Cristo bajo la paloma del Espíritu Santo.

El bautismo del Señor: La humildad que rasga los cielos

Con la fiesta del próximo domingo, el Bautismo del Señor, se cierra litúrgicamente este “ciclo delicioso de la Navidad”. Durante estas semanas, el amor de Dios se nos ha manifestado bajo la forma de un niño, en forma de ternura y cercanía.

Como bien nos preguntamos en la oración: “¿Quién tiene miedo de un niño?”.

Dios nos ha invitado a acercarnos sin temor, diciéndonos: “Venid, no me tengáis miedo, yo os quiero con ternura”. Sin embargo, ese niño que hemos contemplado en el pesebre comienza ahora su camino hacia la madurez de la Salvación. La visita de la Navidad no es una cortesía; Jesús sabe a lo que viene. Por eso, el pesebre está ya en línea con la Cruz. El misterio que hoy nos ocupa es el que abre la puerta a su vida pública.

Manifestación de la Trinidad

El Bautismo de Jesús es, ante todo, una Teofanía: una manifestación de la gloria de Dios. Es una Epifanía distinta a la de los Reyes Magos. Si en la Epifanía de los Magos se manifestaba que la salvación es para todo el mundo, en el Jordán se revela la identidad divina de Jesús.

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En Belén, era la Virgen María quien presentaba al Niño; en el Jordán, es el mismo Padre de los Cielos quien rasga los cielos. Mientras el Espíritu Santo le cubre como una paloma blanca, se oye la voz del Padre: “Este es mi hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle”.

Es el sello de la divinidad. El Padre unge a Jesús en cuanto hombre con el Espíritu Santo, revelando que Él es el Hijo amado y, al mismo tiempo, el Siervo doliente anunciado por Isaías.

La solidaridad con la humanidad caída

Uno de los aspectos teológicamente más profundos de este misterio es la total solidaridad de Cristo con los pecadores. Jesús, siendo sin pecado, se identifica con nosotros en todo, incluso en las consecuencias del mal: el sufrimiento y el dolor.

Al someterse a un bautismo de conversión, Cristo no busca ser purificado —pues no lo necesitaba— sino que entra en la fila de los pecadores para cargar sobre sí el pecado del mundo. Los Padres de la Iglesia lo expresan con una fórmula elocuente:

“No fue el agua la que purificó a Cristo, sino que Cristo fue el que purificó las aguas para que después nosotros pudiésemos, por el bautismo, tener la vida divina que Él nos traía”.

Este gesto anticipa su misión redentora: Cristo desciende al Jordán como descenderá al sepulcro; entra en las aguas como entrará en la muerte para transformarlas desde dentro.

Contemplación Ignaciana

Siguiendo el método de San Ignacio de Loyola, propongo que nos metamos en la escena con los ojos del alma, deteniéndonos en tres puntos fundamentales:

I. Juan el Bautista: el disciplinado de cristo

Debemos considerar quién es Juan. Un hombre recio, hecho “de raíces de árbol”, con la gloria de Dios en su corazón. Juan comprendió que para ser heraldo de Cristo debía ejercitarse en la austeridad.

Como decía San Pablo VI: “El hombre verdadero y perfecto, puro y fuerte, capaz de actuar y amar, es alumno de la disciplina de Cristo, la disciplina de la cruz”.

En este mundo de molicie que invita a alimentar las pasiones más bajas, Juan Bautista es una referencia de amor evangélica. Su figura nos invita a ser inconformistas ante la mentalidad opulenta y a imprimir en nuestra vida el sello de la austeridad.

II. Jesús en la fila de los pecadores

Miremos ahora a Jesús. Han pasado 30 años de vida oculta en Nazaret. De pronto, abandona la oscuridad y aparece a orillas del Jordán. San Ignacio nos invita a ver a las personas y oír lo que dicen.

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Vemos a Jesús avanzando con majestad y sencillez. Se mezcla con la muchedumbre, espera su turno. Dios está guardando cola para ser bautizado. Ante esto, el corazón se estremece: “Jesús, tu humildad me desconcierta. Te proclamas públicamente pecador y eres la segunda persona de la Santísima Trinidad”. Cristo se hizo “uno más”, un humilde que nos sanó de la nada.

III. Un diálogo místico (San Gregorio Taumaturgo)

Es hermoso meditar en el diálogo que la tradición atribuye a este momento. Juan, al ver a Cristo, queda sobrecogido:

“Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, que tú eres Dios… Tú que eres el esplendor de la gloria del Padre, tú que te hiciste carne sin convertirte en carne, tú que uniste el cielo y la tierra… ¿Tú acudes a mí? ¿El Rey al precursor? ¿El Señor al siervo?”

Jesús le responde con una lección de humildad: “Déjame hacer ahora, porque así nos conviene cumplir toda justicia”. Cristo nos enseña que el más alto estado al que puede llegar el alma es la unión íntima con Dios por la humildad. Como dice San Juan de la Cruz: “Humilde es el que se esconde en su propia nada y sabe dejar a Dios”.

El fundamento de nuestra vida

El Bautismo del Señor es el fundamento del bautismo cristiano. En él se produce el divino intercambio: Jesús toma nuestra naturaleza para que nosotros nos revistamos de la suya. A partir de este momento, podemos vivir como hijos de Dios, miembros de la Iglesia que llevan la vida divina en su interior.

Cuando uno profundiza en estos misterios, como hicieron los santos, queda desbordado y conquistado. Ya no cabe el orgullo ni la soberbia de creerse un “pequeño dios que lo sabe todo”. La invitación es clara: déjate querer, déjate amar y sé humilde, porque Cristo es humildad.

Conclusión y Oración: Preparemos el corazón para la fiesta del domingo. En el silencio de nuestra oración, cuando estamos en paz, se rasgan los cielos y el Padre nos dice también a nosotros: “Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco”. Acudamos a la Virgen María para que ella nos abra los ojos del corazón y el oído interior para escuchar esta voz de Dios que vibra en nosotros.

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