En la víspera de su Pasión, durante la Cena pascual, el Señor tomó el pan en sus manos y, tras pronunciar la bendición, lo rompió y lo dio a sus discípulos diciendo:
«Tomad, este es mi cuerpo».
Después tomó el cáliz, dio gracias, se lo dio, y todos bebieron de él. Y dijo:
«Esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos» (Marcos 14, 22-24).
Jesús no sólo pronuncia palabras. Lo que Él dice es un acontecimiento, el acontecimiento central de la historia del mundo y de nuestra vida personal.
— Benedicto XVI
«Nadie puede expresar la suavidad de este Sacramento, pues en él bebemos la dulzura en su propia fuente». — Santo Tomás de Aquino
«En la Santísima Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia: Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan vivo, cuya carne da vida a los hombres, vivificada y vivificante por el Espíritu Santo». — Concilio Vaticano II
“Este es mi Cuerpo… Esta es mi Sangre…” Estas palabras son inagotables. Jesús eligió el pan y el vino como signos mediante los cuales se entrega por completo. Ambos nos hablan para que aprendamos a penetrar en el misterio.

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El Pan. La Hostia consagrada
La forma más sencilla de pan y de alimento— se compone tan solo de harina y agua: “fruto de la tierra y del trabajo del hombre”. En ella se recoge el esfuerzo humano: el cultivo, la siembra, la cosecha, la molienda y la preparación. No obstante, el pan no es solo obra nuestra; también es don. Su existencia depende de la tierra y, por tanto, del Creador que le concede fertilidad.
El pan es, así, fruto de la tierra y del cielo. Su elaboración implica la cooperación de fuerzas naturales —sol, lluvia, agua— y humanas. Este pan sencillo, “pan de los pobres”, sintetiza la creación: unen el cielo y la tierra, el trabajo y el espíritu del hombre.
El signo va más allá: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Juan 12, 24).
El pan, hecho de granos molidos y cocido al fuego, revela el misterio de la Pasión. Morir y resucitar: solo así nace el fruto y la vida nueva. A través de su sufrimiento y muerte libre, Cristo se convirtió en Pan para todos, esperanza viva que nos acompaña en cada dolor hasta la muerte. Los caminos que recorre con nosotros son caminos de esperanza.
Al contemplar en adoración la Hostia consagrada, habla el signo de la creación. En ella vemos la magnitud del don, la Cruz, la Resurrección. Su contemplación nos atrae, nos transforma —como la Hostia misma— al penetrar en su misterio.
El Vino. La fiesta que Dios nos prepara
Del mismo modo, el vino es un signo que nos habla. Si el pan remite a lo cotidiano, el vino expresa la belleza de la creación y anticipa la fiesta eterna que Dios prepara. Sin embargo, también participa del sufrimiento: la vid debe ser podada, la uva madurar y ser pisada. Solo a través de esta pasión nace un vino digno.
Somos indignos de la Eucaristía
«Cuanto más pura y más casta sea un alma, tanta más hambre tiene de este Pan, del cual saca la fuerza para resistir a toda seducción impura, para unirse más íntimamente a su Divino Esposo: Quien come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en Mí, y Yo en él» (León XIII).
San Juan María Vianney amaba decir a sus parroquianos:
«Venid a la comunión… Es verdad que no sois dignos de ella, pero la necesitáis».
San Francisco rogaba a sus hijos:
«Así, pues, besándoos los pies y con la caridad que puedo, os suplico a todos vosotros, hermanos, que tributéis toda reverencia y todo el honor, en fin, cuanto os sea posible, al Santísimo Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo, en quien todas las cosas que hay en cielos y tierra han sido pacificadas y reconciliadas con el Dios omnipotente».
Él, personalmente:
«Ardía de amor en sus entrañas hacia el sacramento del cuerpo del Señor, sintiéndose oprimido y anonadado por el estupor al considerar tan estimable dignación y tan ardentísima caridad. Reputaba un grave desprecio no oír, por lo menos cada día, a ser posible, una misa. Comulgaba muchísimas veces, y con tanta devoción, que infundía fervor a los presentes.
Sintiendo especial reverencia por el Sacramento, digno de todo respeto, ofrecía el sacrificio de todos sus miembros, y al recibir al Cordero sin mancha, inmolaba el espíritu con aquel sagrado fuego que ardía siempre en el altar de su corazón»
(II Celano 201).
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2 efectos de la Eucaristía en el alma
1. Nos da la Vida eterna
Semilla de eternidad. No es como el maná… que lo comieron y murieron…
“Vivirá para siempre.”
“El que coma de este pan, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.”
2. Nos regala la inhabitación divina
“El que me come habita en mí y Yo en él.”
“El efecto propio de la Eucaristía es la transformación del hombre en Cristo.” (Santo Tomás)
“La participación en el cuerpo y la sangre de Cristo no hace otra cosa que transformarnos en lo que tomamos.” (San León Magno)
“Tú no me cambiarás en ti, como la comida de tu carne, sino que serás transformado en mí.” (San Agustín)
La Eucaristía en la vida del beato Francis Xavier
Por la Eucaristía, Jesús vive en mí, permanece en mí, actúa a través de mí. Del Beato Francis Xavier.
“A través de sus escritos, y especialmente a través de su correspondencia desde la cárcel, emerge un hecho claro: la vida de Francis Xavier estaba firmemente arraigada en una extraordinaria unión con el Dios vivo a través de la Eucaristía, su única fuerza.
También fue para él la más bella plegaria, y el mejor modo de dar gracias y cantar la gloria de Dios.”
Escribía:
“Estoy feliz aquí, en esta celda, donde los hongos crecen en mi esterilla de dormir, porque tú estás conmigo, porque tú deseas que yo viva aquí contigo.
He hablado mucho en mi vida: ahora no hablaré más. Es tu turno de hablarme, Jesús; te escucho.”
Oraciones para amar la Eucaristía
Salmo del amor a Jesús
- Os amo como os aman los Ángeles y Santos, que con Vos están en el Cielo.
- Oh Jesús, os amo y deseo que todos los hombres os conozcan y amen.
- Os amo por tantos infieles que no os conocen y por tantos impíos que os blasfeman.
- Os amo por tantos herejes que os niegan y por tantos malos cristianos que os ofenden.
- Os amo por los condenados en el infierno, que nunca tendrán la dicha de amaros.
Adoración del Corpus Christi
- Os adoro, Jesús mío, dentro de mi alma, porque sois mi Creador y mi Señor.
- Os adoro, como os adoran los Ángeles del Cielo que están en vuestra presencia.
- Os adoro como os adoran los Ángeles que están alrededor de vuestros altares.
- Os adoro como os adora vuestra Santísima Madre; os adoro dentro de mi corazón.
- Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo: a un Dios en Tres Personas bendigo y canto.
Oración de la piedad
Postrado a vuestros pies, Oh Jesús, os dirijo con todo fervor las siguientes súplicas:
- OJOS DE JESÚS, MIRADME. Ahora que estáis en mí, mirad a mi alma y salvadla.
- LABIOS DE JESÚS, HABLADME. Decidme qué he de hacer para santificarme.
- OH PIES DE JESÚS, SEGUIDME. No quiero en adelante ir a ningún sitio malo.
- MANO DE JESÚS, BENDECIDME. Con vuestra bendición me será fácil el no pecar.
- CORAZÓN DE JESÚS, AMADME. Sabiendo que Vos me amáis, nada más quiero y deseo.
- BRAZO DE JESÚS, CONDUCIDME. Guiadme por el camino del bien y apartadme de mal.
- Y A LA GLORIA ETERNA LLEVADME. Sí, al Cielo con Vos, con la Virgen Santísima, con los Ángeles y Santos. Amén.
Oración de la confianza
- CORAZÓN de Jesús, en Vos confío y espero que me concederéis las gracias que necesito para imitaros y ser verdadero santo.
- Por vuestro Corazón, ahora tan unido al mío, os pido que no permitáis que jamás me aparte de Vos por el pecado mortal.
- Por vuestro Corazón, tan humillado, haced manso y humilde mi corazón.
- Por vuestro Corazón, tan mortificado, dadme fuerza para poder alejar de mí todo cuanto pueda ponerme en peligro de ofenderos.
- Por vuestro Corazón tan obediente, haced que sea obediente a mis padres y superiores.
- Por vuestro Corazón tan piadoso, concededme el espíritu de piedad hacia Dios, y de hacer con perfección mis devociones.
- Por vuestro Corazón tan casto y puro, dadme el don de la pureza y castidad.






