«Arrepentíos y convertíos de vuestros delitos, y no caigáis en pecado. Quitaos de encima los delitos que habéis cometido. Estrenad un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Así no moriréis, casa de Israel. Pues no quiero la muerte de nadie —oráculo del Señor—. ¡Arrepentíos, y viviréis!» — Ezequiel 18, 30-32
Reflexión del Papa Francisco
La Cuaresma es el tiempo para reconocer que nuestras pobres cenizas son amadas por Dios. Es un tiempo de gracia para:
- Acoger la mirada amorosa de Dios sobre nosotros y, sintiéndonos mirados así, cambiar de vida.
- Caminar de las cenizas a la vida. No debemos pulverizar la esperanza ni incinerar el sueño que Dios tiene sobre nosotros.
- Vencer la resignación. Aunque el mundo vaya mal, el miedo se extienda o la sociedad se descristianice, cabe preguntarse:
“¿No crees que Dios puede transformar nuestro polvo en gloria?”
¿Qué es la Cuaresma?
Aquí tienes el texto completo, respetando cada palabra del original, pero con una estructura jerárquica que facilita mucho la lectura y la comprensión de los distintos bloques temáticos.
1. La Cuaresma: Tiempo de Conversión y Gracia
La Santa Cuaresma es el tiempo oportuno que la Iglesia nos regala para convertirnos a Dios, para volvernos a Él. Un tiempo favorable en el que el cielo se nos hace especialmente propicio. La Palabra de Dios nos espolea para que no seamos ni indolentes ni cobardes: “No echéis en saco roto la gracia de Dios” (2 Cor 5).
Se trata de un itinerario espiritual y litúrgico de cuarenta días que nos llevará al Triduo pascual, memoria de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, corazón del misterio de nuestra salvación. Es un tiempo propicio para tomar una conciencia más viva del amor de Dios que nos salva por la redención de Cristo, y para vivir con más profundidad el propio Bautismo, reforzando nuestra fe, alimentándola con más abundancia en la Palabra de Dios.
Origen y sentido del camino espiritual
En los primeros siglos de vida de la Iglesia, este era el momento en que los que habían oído y aceptado el mensaje de Cristo empezaban, paso a paso, su preparación, camino de fe y de conversión para llegar a recibir el sacramento del bautismo. Se trataba de un acercamiento al Dios vivo y de una iniciación a la fe que se realizaba gradualmente, mediante un cambio interior de los aspirantes a ser incorporados a Cristo en la Iglesia (catecúmenos).
Posteriormente, también los penitentes, y luego todos los fieles, fueron invitados a experimentar este camino de renovación espiritual, para conformar más la propia existencia a la de Cristo. De esta manera, pronto el periodo que precedía a la Pascua empezó a vivirse como un tiempo de metanoia, es decir de cambio interior, de arrepentimiento, tanto por los que se preparaban para el bautismo, como por pecadores alejados de la Iglesia que buscaban la reconciliación, como por los que vivían su fe pero experimentando las propias debilidades… A todos se invitaba a este intenso proceso de conversión.
2. El combate cristiano y las armas de la luz
“Las armas con las que luchamos no son humanas, sino divinas, y tienen poder para destruir fortalezas, derribando sofismas y toda clase de altanería que se levante contra el conocimiento de Dios, y dispuestos a someter todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (2 Cor 10,4-5).
La visión del Papa Francisco
Dice el Papa Francisco: La vida cristiana es un “combate” contra el demonio, el mundo y las pasiones de la carne. Es una lucha bellísima, porque cuando el Señor vence en cada paso de nuestra vida, nos da una alegría, una felicidad grande: la alegría de la victoria del Señor en nosotros.
Es el gozo de la gratuidad de su salvación. San Pablo en la Carta a los Efesios habla de la vida cristiana con un lenguaje militar: “Revestíos con la armadura de Dios”, nos dice. No se puede pensar en una vida espiritual, en una vida cristiana, sin revestirse de esta armadura divina que nos da fuerza y nos defiende.
¿De qué tenemos que defendernos?
Para luchar contra el demonio, por ejemplo, debemos hacerlo con la fuerza de Dios, ciñéndonos el cinturón de la verdad y vistiendo la justicia como coraza. Así Dios nos defiende de él y resistimos sus insidias. Necesitamos el escudo de la fe, porque el diablo no nos tira flores precisamente, sino flechas encendidas, para asesinarnos.
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La “carne” significa nuestras pasiones desordenadas que son las heridas del pecado original. Por eso San Pablo exhorta a “tomar el casco de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios”, y a “elevar constantemente toda clase de oraciones y súplicas, animadas por el Espíritu”.
Todos somos un poco perezosos para esta lucha, y nos solemos dejar llevar por las pasiones, por algunas tentaciones… Y es que todos somos pecadores… Pero no se desalienten. Ánimo, valentía y fortaleza, porque el Señor está con nosotros” (Cf. Homilía 30-10-2014).
La santidad y el riesgo de la corrupción
Y añade en su exhortación sobre la santidad: “El camino de la santidad es una fuente de paz y de gozo que nos regala el Espíritu, pero al mismo tiempo requiere que estemos «con las lámparas encendidas» (Lc 12,35) y permanezcamos atentos: «Guardaos de toda clase de mal» (1 Ts 5,22). «Estad en vela» (Mt 24,42; cf. Mc 13,35). «No nos entreguemos al sueño» (1 Ts 5,6).
Porque quienes sienten que no cometen faltas graves contra la Ley de Dios, pueden descuidarse en una especie de atontamiento o adormecimiento. Como no encuentran algo grave que reprocharse, no advierten esa tibieza que poco a poco se va apoderando de su vida espiritual y terminan desgastándose y corrompiéndose. La corrupción espiritual es peor que la caída de un pecador, porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito: el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas sutiles de autorreferencialidad, ya que «el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Co 11,14).
Así acabó sus días Salomón, mientras el gran pecador David supo remontar su miseria. En un relato, Jesús nos advirtió acerca de esta tentación engañosa que nos va deslizando hacia la corrupción: menciona una persona liberada del demonio que, pensando que su vida ya estaba limpia, terminó poseída por otros siete espíritus malignos (cf. Lc 11,24-26). Otro texto bíblico utiliza una imagen fuerte: «El perro vuelve a su propio vómito» (2 P 2,22; cf. Pr 26,11) (Gaudete et exultate, 164-165).
La Cuaresma nos recuerda que la vida cristiana es un combate sin pausa, en el que se deben usar las «armas» de la oración, el ayuno y la penitencia. Combatir contra el mal, contra cualquier forma de egoísmo y de odio, y morir a sí mismos para vivir en Dios es el itinerario ascético que todos los discípulos de Jesús están llamados a recorrer con humildad y paciencia, con generosidad y perseverancia.
3. Cristo desierto, nuestro modelo
Jesús en el desierto durante cuarenta días es nuestro gran modelo para vivir este santo tiempo. En Él tenemos que poner nuestros ojos y el corazón especialmente estos días. Nos da fuerzas.
El impulso del Espíritu
Dice el Evangelio que Jesús, a impulso del Espíritu se encamina al desierto. Lleva con Él a la Iglesia toda. Nosotros, llenos también del Espíritu Santo, debemos buscar, como por instinto, el desierto de la oración, la soledad de Dios.
Fatigados por el continuo ajetreo de la vida, añoramos la paz silenciosa de la plegaria íntima. Nos dejamos arrastrar por el Espíritu para acompañar estos días a Jesús-desierto. La soledad espanta al hombre esclavizado por sus pasiones. Para él, el ruido es atmósfera indispensable para ahogar la voz de su conciencia. El silencio le resulta insoportable. Ignora que la soledad no es vacío, sino plenitud. No es desierto, sino oasis.
Ayuno y fortaleza divina
En los cuarenta días y cuarenta noches, nada comió. Penitencia, austeridad. Estuvo en el desierto entre las fieras. Sintió hambre, dice el Evangelio. Y todo pensando en mí. Preveía mis pocas fuerzas, se daba cuenta de que el mundo me envuelve con su sabiduría, enemiga de Dios, necedad a sus ojos (1 Co 3,19).
Quería merecerme un suplemento de fuerza divina, de gracia, para ser cristiano y portador de la cruz. La oración —desierto— y la penitencia —ayuno—, nos dan la clave de la victoria que va a obtener Jesús sobre Satanás. Demuestran que sólo el bautizado que se arma continuamente de ellas, que se reviste de extraordinaria austeridad y rebosa profundísima oración, puede triunfar del enemigo en todos los frentes.
El misterio de la tentación
Era tentado por Satanás. Esto es, quizá, lo más misterioso y conmovedor del Evangelio.
- Misterioso: la santidad de Jesús se deja tentar por Satanás.
- Conmovedor: hasta ahí quiere hacerse semejante a nosotros… Sabía que los cristianos serían rabiosamente atacados por el enemigo en todos los flancos. Se compadeció de sus sufrimientos y luchas. Quiso precederlos con el ejemplo, llevar sobre Él todos los ataques que contra ellos desataría el adversario.
Las tentaciones no fueron tres. Se multiplicaron las embestidas furiosas a lo largo de la cuarentena. Era tentado, te dice el Evangelio, imperfecto que denota permanencia de la acción a lo largo del tiempo. Era tentado, sufría. Para que yo no me extrañe de padecer tentaciones, persecuciones…
Evangelio misterioso. Es el prólogo de la historia de Jesús, de la historia de su Iglesia y de las almas, de mi propia vida en la tierra. El combate sostenido por Cristo y todos los cristianos, estrechamente aliados con las almas contemplativas, verdadera retaguardia orante, no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra principados y potestades del mundo de las tinieblas, contra los espíritus del mal (Ef 6,12).
Es Satanás, que trata de desviar a Jesús del camino trazado por el Padre: un reino de pobreza y humildad, una redención por y en la cruz. Quiere inducirle a un mesianismo carnal, mundano: festines, dinero, vanidad, dominación universal. Y todo ello bajo la tapadera de la mayor gloria de Dios, citando frases de la Sagrada Escritura.
La esencia de la Conversión
Este “volvernos a Dios” es la esencia de la CONVERSIÓN, que es la primera palabra del Evangelio, la palabra permanente, la palabra central y definitiva: “convertíos y creed en el Evangelio”.
Cuando Dios nos llama a la conversión, parte siempre del amor que nos tiene: un amor de Padre, semejante y superior al de una madre; un amor de amigo y enamorado, de novio y esposo; un amor que ha tenido su expresión más plena y suprema en la entrega de Jesucristo en la muerte y resurrección.
Si no comprendemos estos presupuestos, jamás entenderemos el pecado como una ruptura de la relación con Dios que nos deja en la soledad más radical, en la oscuridad de una vida sin amor. Convertirse es retornar al Dios que nos ama y nos perdona, es caer de nuevo en los brazos del Padre pródigo en misericordia.
Convertirse es abrirnos al perdón de Dios, que desea restablecer la alianza con nosotros.
Por eso, debemos sentirnos pecadores y reconocer que nuestro corazón es de piedra y no de carne cuando nos negamos a amarle, cuando le ofendemos, ignoramos o despreciamos. ¡No demoremos más la conversión! San Agustín, que vivió con especial dramatismo y radicalidad su proceso de conversión, nos exhorta desde su propia experiencia a no retrasarla.






