Este sexto fragmento forma parte de la obra «Forja de hombres», escrita por el Padre Tomás Morales Pérez, S.J. (fundador de los Institutos Seculares Cruzados de Santa María y Cruzadas de Santa María).
En aquellos años iniciales del Hogar, una frase de Oliveira Salazar leída hacía algún tiempo brillaba en primer plano. «Los pueblos —afirma el político— son como niños. Para educarlos, hay que obligarlos suavemente a entrar por el camino de su salvación».
El niño no tomará jamás por propia iniciativa la purga amarga que le liberará del cólico. Sus padres se la harán tragar a la fuerza. Saben lo que el hijo ignora; si no la toma, sin remisión muere. Ese crío perecería indefectiblemente, si sus padres no tuviesen la idea clara de que su vida peligra si no le propinan la purga o, si teniéndola, les traiciona el corazón impidiéndoles hacerle pasar un mal rato.
La mayoría de los jóvenes, y una gran parte de los hombres que parecen adultos, son como niños cuando la pasión o el capricho les entenebrece la razón.
Y como habitualmente funcionan dejándose llevar de estos impulsos no controlados, ignoran lo que les conviene para convivir con sus hermanos, forjarse un carácter, salvar el alma. Son infantiles por muy hombres que parezcan.
Para educarles, hace falta tener la idea clara de que es necesario contradecirles, no por el gusto de hacerles sufrir, sino para que experimenten la alegría que brota al triunfar el hombre de sus instintos, al entregarse generosamente a los demás olvidando sus egoísmos. Debe tenerse la firme convicción de que hay que forzarles, suavemente, pero forzarles, a que se venzan, a que se abran a los demás.
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Pero la idea clara sola no basta. Es preciso poseer —lo cual es mucho más raro— la firmeza de carácter necesaria para reducir esa idea a la práctica por encima de desalientos y contradicciones, de críticas y murmuraciones de familiares y amigos. Es necesario sufrir y hacer sufrir, que es en definitiva amar y hacer amar. Piénsese que el único camino para que el Amor, Dios, se apodere del mundo, es enseñar a todos a saber sufrir y amar, viviendo para los demás. *«El hombre se realiza a sí mismo solamente en la medida en que sabe imponerse a sí mismo esas exigencias»*³³.
Un destacado marxista convertido, nos dice: *«los comunistas piensan que a mayor exigencia en los ideales del Partido, más se consigue de sus adeptos»*³⁴.
Los jóvenes que valen están deseando que se les exija. Y también están conformes en que la mayoría de sus padres y educadores no lo hacen.
Juan Pablo II confirma esta realidad. *«Los jóvenes, con pleno derecho, esperan tener educadores que sean auténticos maestros, que sepan orientarles hacia ideales elevados y darles ejemplo de ellos con su vida. Una actitud y un clima de relativismo, alimentados frecuentemente sobre la pérdida o la erosión de valores espirituales y éticos no han producido ciertamente buenos frutos y no ayudan al desarrollo de la auténtica personalidad de los jóvenes»*³⁵.
Ocurrió al final de un campamento. Se les invita a todos a comparar la mística de exigencia de esos días con la educación que les dan sus padres. Todos coincidieron en que era floja, poco exigente y que, en general, tanto los padres como los profesores, carecían de energía de carácter para imponerse. O no sabían, o no querían, o no podían educarles.
Uno dijo: «Es muy fácil echar aquí la culpa de nuestros fallos a los educadores, pero los culpables somos nosotros porque cuando alguien nos exige nos quejamos, refunfuñamos, no hacemos lo que se pide, y le hacemos la guerra». Otro atajó rápido: «Todo eso es verdad. Pero si nuestros padres y maestros no se dejaran abatir por el desaliento, si insistiesen y continuaran exigiéndonos aunque nos quejáramos, nos harían un gran beneficio. Porque yo soy de los que me quejo, y así me dejan hacer lo que me da la gana, pero comprendo que si con decisión me exigieran, les estaría más agradecido».
«Nuestros padres —añadió otro— forman parte de una generación que ha sufrido mucho por las consecuencias de la guerra. Han pasado hambre, calamidades, y han tenido que padecer mucho para abrirse paso en la vida. En mi casa mi padre me suele decir: Quiero que disfrutes, que ya bastantes calamidades tiene de por sí la vida. Ya ha tenido que sufrir tu padre. Tú ahora goza. Y no se da cuenta de que me hace un gran daño». Alguien preguntó: «¿Cuántos estáis de acuerdo con lo que acaba de decir éste?» Y levantaron el brazo un gran porcentaje de los acampados.
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La alarmante disminución de vocaciones sacerdotales y religiosas es preocupación universal. Se ha dejado sentir en España. Es frecuente oír que una de las causas es la molicie del ambiente, el mayor bienestar material que la elevación del nivel de vida lleva consigo. En cursillos, asambleas o reuniones hay casi unanimidad entre los educadores al señalar esta causa, unida al consiguiente decrecimiento de la vida de fe que arrastra, como una de las principales.
Pero ¿no se ha hablado ya lo suficiente? ¿No llega el momento de actuar y empezar a exigir a la juventud que tenemos que educar? Hacer es más difícil que hablar. La falta de acción eficaz desacredita en gran parte esas reuniones para remediar males que no se remedian. Se impone para prestigiarlas un reactivo vigoroso: actuar educando con exigencia.
Juan Pablo II nos lo recomienda. *«Debemos tener presente que con la disminución de las exigencias formativas y cualitativas del apóstol, jamás se pondrá en marcha una más eficaz e intensa acción evangelizadora, sino todo lo contrario»*³⁶.
Un religioso me decía: He estado en casa de un alumno del colegio. Su padre está deseando que su hijo se consagre a Dios. Al ver la casa, el lujo, las facilidades en que vive, pensé: ¡qué difícil es que aquí surja una vocación! Hablando con el padre, llega el hijo. Le pide la llave del coche y se marcha abandonando el estudio. Entonces le dije al padre: «No se haga ilusiones. Se necesitaría un milagro para que madurase así una vocación en su hijo».
Recuerdo que ese religioso me añadía algo quizá más sensible: «Claro que muchos religiosos hacemos lo mismo en nuestros colegios. Al chico no le puede faltar de nada: bebidas, tabaco, cine, televisión… y hasta fiestas en discotecas o en el propio colegio convertido en una de ellas. Lo rodeamos de todo esto para que no eche de menos nada».
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El Papa confirma esta necesidad de exigencia: *«No os ilusionéis con que la perspectiva de un sacerdocio menos austero en sus exigencias de sacrificio y de renuncia […] pueda aumentar el número de quienes pretenden comprometerse en el seguimiento de Cristo. Por el contrario, más bien es una mentalidad de fe vigorosa y consciente lo que falta […]. Allí donde el sacrificio cotidiano mantiene despierto el ideal evangélico, y eleva a alto nivel el amor de Dios, las vocaciones continúan siendo numerosas»*³⁷.
Con frecuencia olvidando la psicología profunda de los jóvenes no los entrenamos para que vivan en clima posconciliar. Más bien los ablandamos para que cedan *«a la seducción de las filosofías del egoísmo o del placer»*³⁸, para que no sean capaces de vivir el *«coraje de la fe, la fuerza de la esperanza y el dinamismo de la caridad»*³⁹. Nos falta el carisma profético para atisbar los signos de los tiempos.
³³ Juan Pablo II. A los jóvenes, París 1-7-1980.
³⁴ Douglas Hyde, Lecciones que hemos de aprender de la experiencia comunista, Fomento social (Madrid 1964) p. 23.
³⁵ A los educadores reunidos en Barcelona con motivo del Año Internacional de la Juventud (8-15 julio 1985).
³⁶ Maracaná 2-7-1980.
³⁷ Juan Pablo II, a los obispos europeos, 11-10-1985, 15.
³⁸ Vaticano II, Mensaje a la juventud (8-12-1965).
³⁹ Juan Pablo II, Moncton (Canadá) 13-9-1984,1.






